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Hiroshima, la cara oculta.

atomic-bomb-explosionDocumental que trata sobre el Proyecto Manhattan y la fabricación de las primeras bombas atómicas, arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Se abordan los entresijos políticos de la Conferencia de Potsdam, en julio de 1945, con el nacimiento de la Guerra Fría y los motivos que impulsaron a los Estados Unidos a emplear las bombas atómicas sobre Japón.

CUANDO LAS NACIONES MUEREN

ciudad destruida

La descomposición de todo gobierno comienza por la decadencia de los principios sobre los cuales fue fundado, Montesquieu. Los EE.UU. son la única nación que milagrosamente ha conseguido ir directamente de la barbarie a la decadencia sin pasar por la etapa de la civilización, Georges Clemenceau. El dinero piensa;  el dinero dirige: tal es el estado de las culturas decadentes, Oswald Spengler.

 Luego de que Spengler publicara su monumental La Decadencia de Occidente [1] muchos supieron – o al menos tuvieron motivos para intuir – que, en buena medida y en términos generales, el hombre estaba en lo cierto.

Precisamente por eso es probable que muy pocos se hayan resignado a admitirlo. No es para nada agradable ni halagüeño que la civilización a la cual uno mal que bien pertenece resulte calificada de “decadente”, algo que, según el Diccionario de la Real Academia, significa: declinación, menoscabo, principio de debilidad o de ruina. [2] Es natural y predecible que uno se rebele ante semejante pronóstico.

Sin embargo, el devenir histórico parece no darle demasiada importancia a nuestras opiniones. Por el contrario, repasando los últimos 10.000 años de Historia conocida y analizándolos desde diferentes ópticas, uno se encuentra con toda una serie de raros ciclos. Desde la secuencia natural de surgimiento, declinación y caída empleada por Edward Gibbon, [3] pasando por la metáfora biológica de nacimiento, crecimiento, decadencia y muerte propuesta por Spengler, hasta los ciclos de 50/60 años de Nicolai Kondratiev [4] o la opinión del general John Glubb [5] según el cual, históricamente, un imperio dura 250 años y luego comienza a actuar la decadencia que rápidamente erosiona el auténtico tejido social de la sociedad, de algún modo siempre hemos tratado de explicarnos por qué las civilizaciones y culturas que construimos parecen venir – inevitablemente – con fecha de vencimiento.

En Junio de 1978, luego de salir de la Unión Soviética, Alexander Solyenitzin se dirigió a los miembros de la Universidad de Harvard. Analizando la posibilidad de proponer la sociedad norteamericana como modelo para transformar a la sociedad soviética lo que les dijo a los estudiantes de Harvard fue: “ … si alguien me preguntara […] si yo propondría a Occidente, tal como es en la actualidad, como modelo para mi país, francamente respondería en forma negativa. No. No recomendaría vuestra sociedad como un ideal para la transformación de la nuestra.” [6]

Demás está decir que con esta declaración Solyenitzin no se ganó demasiadas simpatías entre los intelectuales universitarios norteamericanos, pero quizás justo por eso vale la pena preguntarse por qué fue tan brutalmente franco al respecto. Y la respuesta es simple: porque – tal como lo confirman muchos de sus escritos y tal como lo expresó en numerosas entrevistas – estaba convencido de que Occidente se halla en una severa decadencia moral y espiritual.

Sin embargo, por importante que pueda ser la opinión de una persona intelectualmente íntegra como Solyenitzin, lo verdaderamente significativo del caso es que no está solo en esa convicción. Muchísimos otros han expresado lo mismo y continúan señalándolo al día de hoy. La lista es por demás extensa pero, tomado mayormente a los intelectuales provenientes de, o con influencia sobre, el ámbito norteamericano – que resultan interesantes de citar precisamente por su ubicación en unos EE.UU. que prácticamente todos consideran algo así como el núcleo central centrifugador de la decadencia – podríamos apuntar:

  • Harold O. J. Brown: The Sensate Culture: Western Civilization Between Chaos and Transformation.
  • James Burnham: The Suicide of the West
  • Jacques Ellul: The Betrayal of the West
  • Charles Colson/ Ellen Vaughn: Against the Night: Living in the New Dark Age
  • Os Guinness: The American Hour; The Dust of Death
  • Carl F. H. Henry: Twilight of a Great Civilization
  • John Lukacs: The End of the Twentieth Century and the End of the Modern Age
  • Francis Schaeffer: How Should We Then Live?
  • Herbert Schlossberg: Idols for Destruction
  • Pitirim Sorokin: The Crisis of Our Age
  • Jim Nelson Black: When Nations Die
  • Samuel Phillips Huntington: The Clash of Civilizations and the Remaking of the World Order

Todas estas obras, de un modo más o menos explícito, más o menos categórico, sustentan la tesis – o por lo menos la admiten – de que Occidente se halla en decadencia y con un futuro seriamente comprometido.

La pregunta que se impone, pues, es: ¿qué es lo que provoca la decadencia? ¿Cuáles son sus síntomas? ¿Cuáles sus causas?

Por supuesto que diferentes autores responden de un modo diferente a estas preguntas. Pero, aún así, las respuestas no difieren tanto como uno creería a primera vista. Más todavía: bien interpretadas resultan sorprendentemente similares.

Huntington, por ejemplo, además de factores económicos y demográficos, apunta los siguientes signos de declinación moral, suicidio cultural y desintegración política:

  • Aumento de conductas antisociales tales como criminalidad, drogadicción y violencia generalizada.
  • Desintegración de la familia, incluyendo: aumento de las tasas de divorcios, hijos ilegítimos, embarazos de mujeres menores de edad y familias con un solo progenitor presente.
  • Declinación del “capital social”, es decir: merma de participación en asociaciones voluntarias y la confianza interpersonal asociada con dicha participación.
  • Debilitamiento general de la “ética del trabajo” y auge del culto a la indulgencia personal.
  • Compromiso decreciente con el aprendizaje y la actividad intelectual que termina manifestándose en menores niveles de logros pedagógicos y académicos. [7]

Por su parte, Jim Nelson Black en su libro When Nations Die (Cuando las Naciones Mueren) [8] – cuyo título me he tomado la libertad de pedir prestado para este artículo – presenta un decálogo de síntomas de decadencia que resulta interesante como herramienta de análisis:

  1. Aumento de la ilegalidad y la anomia: leyes que existen pero no se cumplen y tolerancia de actos antisociales no penados por la ley.
  2. Pérdida de la disciplina económica.
  3. Burocracia creciente; burocratización generalizada.
  4. Declinación en la educación.
  5. Debilitamiento de los fundamentos culturales.
  6. Pérdida del respeto por las tradiciones.
  7. Aumento de materialismo.
  8. Surgimiento de la inmoralidad.
  9. Decaimiento de la fe religiosa.
  10. Devaluación de la vida humana.

Por de pronto, para que una civilización entre en decadencia no es en absoluto necesario que aparezcan todos los diez síntomas a la vez. Black observa que, en algunas culturas, apenas tres o cuatro fueron suficientes para llevar a la sociedad al colapso. Por otra parte, lo ingenioso del decálogo reside en que los síntomas se pueden agrupar para ayudar a explicar tres grandes procesos:

A) Decadencia social: fomentada por los primeros 3 síntomas
B) Decadencia cultural: fomentada por los siguientes 4
C) Decadencia moral: fomentada por los últimos 3

Decadencia social

José Ortega y Gasset decía que “El orden no es una presión impuesta a la sociedad desde afuera, sino un equilibrio establecido desde adentro.” [9] Toda vez que una sociedad se vuelve incapaz de garantizarse ese equilibrio interno, se expone al desgarro del tejido social por la acción de las fuerzas divergentes que no resultan controladas por la función de síntesis del órgano rector de la sociedad corporizado en un Estado que manifiesta sus decisiones políticas a través de leyes y normas explícitas.

Cuando hay leyes que sencillamente no se cumplen porque nadie quiere hacer el esfuerzo de hacerlas cumplir – o porque nadie quiere hacerse cargo de la antipatía que cosecharía haciéndolas cumplir – lo que se genera es un estado de anomia. La segunda fase de este estado es la “anarquía” caracterizada por la manifestación en el ámbito humano de la descomposición del orden natural. En este estado anárquico, el orden natural o bien desaparece por completo, o bien se mantiene por medios artificiales con lo cual lo que se obtiene es tan sólo un orden formal; es decir: la apariencia de cierto orden que encubre – con mayor o menor éxito – la anarquía subyacente. Por último y tal como lo demuestra la Historia de todas las civilizaciones anteriores a la nuestra, si este rumbo se mantiene, lo que ocurre al final es la decadencia irreversible que, a su vez, culmina en el caos de la descomposición final. [10]

Anomia, anarquía y caos son las tres etapas de la desintegración social. En su transcurso, lo que normalmente sucede es que, puesto que se pierde la disciplina de las acciones y las costumbres, correlativamente se pierde también la disciplina económica. El resultado es que, con distintos subterfugios y justificativos, se gasta mucho más de lo que se recauda, se producen cantidades de bienes y servicios perfectamente innecesarios, y para mantener la circulación económica se deben invertir cada vez mayores esfuerzos en controles, regulaciones y normas que – dado el estado general de anomia, anarquía o caos – obviamente nadie cumple. La economía descarrila hacia una insaciabilidad de lo superfluo y la hiper-burocratización del proceso productivo no consigue poner freno a la tendencia.

Decadencia cultural

Los tres primeros síntomas de la decadencia cultural representan una especie de reacción en cadena o bien, si se quiere, un “efecto dominó”. Si la calidad y la intensidad de la educación declinan, inevitablemente se producirá un debilitamiento de los fundamentos culturales de la sociedad y, una vez que esto sucede, se pierde por completo el respeto por las tradiciones que definían y caracterizaban a dicha sociedad.

La educación (formal e informal) es central en este proceso porque sin educación no hay cultura ya que una cultura sustentada por la ignorancia es imposible. Por otra parte, como la transmisión de los fundamentos culturales de una generación a la siguiente se establece precisamente a través del proceso educativo, al fallar el proceso falla también la transmisión. Las nuevas generaciones se desarrollan ignorando – y hasta despreciando – los valores tradicionales con lo cual terminan perdiendo por completo su identidad cultural.

 Ahora bien, el único refugio posible para una educación carente de tradiciones y valores culturales es el conocimiento científico formado preferentemente por las disciplinas “duras” o axiológicamente neutras. Por consiguiente, no es ninguna casualidad que el proceso desemboque finalmente en dos fenómenos paralelos: por un lado el endiosamiento de la ciencia como fuente supuestamente única y exclusiva de la Verdad y, por el otro lado, un materialismo metodológico que postula exclusivamente causas materiales (materia, energía y sus interacciones) para explicar el mundo natural.

El problema es que este mundo natural es mucho más complejo de lo que lo supone el materialismo metodológico. Por eso es que las explicaciones materialistas resultan, como señala William Dembski, “incompletas o bien, lo que es lo mismo, las causas materiales no pueden responder por todos los rasgos del mundo natural“. [11]

 Una educación de baja calidad, el debilitamiento del fundamento cultural, la pérdida de la tradición y el auge del materialismo generan la pérdida de la identidad cultural limitando al mismo tiempo severamente la visión que el ser humano involucrado tiene del mundo. Con ello queda definida una decadencia cultural muy difícilmente remontable.

Decadencia moral

La relación entre moral y religión siempre ha sido muy estrecha. Según el historiador William J. Durant: “No hay ningún ejemplo significativo en la historia, antes de nuestro tiempo, de que una sociedad haya mantenido exitosamente una vida moral sin la ayuda de la religión” [12] Y esto no es porque una moral laica sea algo imposible. Es porque, así como el materialismo metodológico está condenado a considerar solo un subconjunto de los rasgos del mundo natural, la moral estrictamente laica está condenada a permanecer dentro de los límites del utilitarismo práctico y, por ende, falla en todo lo que exceda ese marco.

Si es la pérdida de la fe religiosa la que arrastra consigo una decadencia moral, o si es la decadencia moral la que arrastra consigo la pérdida de la fe, eso es algo que entra dentro de la categoría de las cuestiones similares al problema de qué fue primero, si el huevo o la gallina. Desde el punto de vista objetivo e histórico lo único que podemos decir con certeza es que ambos fenómenos han sido prácticamente simultáneos en todas las civilizaciones analizadas.

Por último, el resultado del debilitamiento de la norma moral y de la fuerza ética que le brinda una religión repercute tarde o temprano en el valor que una cultura le adjudica a la vida humana. Si la moral pierde su dimensión ética trascendente y se limita a la inmanencia del utilitarismo práctico, la vida pierde también su condición trascendente y  queda sujeta al mismo criterio utilitarista. El concepto de lo sagrado sencillamente desaparece: no queda nada intocable, nada indiscutible. Todos los valores se pueden manipular, discutir, poner en duda, negar, desechar, menospreciar o menoscabar; especialmente si no se les encuentra alguna utilidad inmediata en términos de conveniencia o placer.

La decadencia actual

Cualquiera que siga con un mínimo de asiduidad los acontecimientos mundiales actuales y que tenga, al mismo tiempo, algún somero conocimiento de las épocas históricas de Occidente no puede dejar de establecer paralelismos entre la época actual y las peores épocas de la decadencia de Roma o de Grecia. Incluso fuera del ámbito de la civilización occidental, los fenómenos de decadencia de civilizaciones anteriores a la nuestra – como Egipto o Babilonia por ejemplo – resultan sorprendentemente similares a los que hoy pueden observarse.

Hay que tener cuidado con estas similitudes. La presencia de un fenómeno negativo en una civilización no necesariamente significa que, por causa de ese fenómeno, toda la civilización ya ha entrado en decadencia. Si bien algunas civilizaciones no muy sólidamente constituidas desaparecieron rápidamente ni bien surgieron unos pocos elementos decadentes, un imperio como el de Roma ciertamente no sucumbió por solamente un par de los síntomas de decadencia que apuntamos antes. De hecho, todos los que estudiaron a fondo la Historia de Roma concuerdan en que el ocaso se produjo por toda una serie de debilidades cuyos efectos “pueden ser evaluados de diferentes maneras, pero en combinación tienen que haber sido en gran medida responsables del colapso“. [13] De modo y manera que, por de pronto, conviene retener un dato importante: estos procesos rara vez son “mono-causales”; por regla general deben intervenir varios factores, simultánea o secuencialmente, para provocar el derrumbe.

Otra cosa a considerar es que un Occidente en decadencia de seguro que no seguirá exactamente el mismo camino de otras civilizaciones que terminaron convertidas en restos arqueológicos. Cuando hablamos de “decadencia”, de “colapso”, de “extinción” de una civilización, muchas personas se imaginan destinos como el de Troya, Egipto o Babilonia. Es prácticamente imposible que algo similar le suceda a Occidente, por más catastrófico que sea su derrumbe. [14] La civilización occidental – que no su cultura – se halla demasiado diseminada por todo el planeta en virtud de su tecnología y sus rutas comerciales como para desaparecer sin dejar rastros, cubierta por las arenas de algún desierto.

Sin embargo, aun con todas estas advertencias, hay algo insoslayable: todas las civilizaciones anteriores a la nuestra han desaparecido y no poseemos ninguna garantía en absoluto para asegurar que la nuestra será eterna. Francis Fukuyama intentó elaborar algo en este sentido hacia finales del Siglo XX  [15] pero su argumentación ha demostrado ser extremadamente débil; por decir lo menos.

Por lo tanto, si estamos expuestos al riesgo del colapso decadente y si, además, conocemos razonablemente bien los síntomas que lo anuncian, lo único lógico y razonable que cabe hacer es actuar en forma decidida y enérgica sobre las causas reales de las cuales esos síntomas son un reflejo.

Vale la pena repetir los síntomas:

  1. Aumento de la ilegalidad y la anomia: leyes que existen pero no se cumplen y tolerancia de actos antisociales no penados por la ley.
  2. Pérdida de la disciplina económica.
  3. Burocracia creciente; burocratización generalizada.
  4. Declinación en la educación.
  5. Debilitamiento de los fundamentos culturales.
  6. Pérdida del respeto por las tradiciones.
  7. Aumento de materialismo.
  8. Surgimiento de la inmoralidad.
  9. Decaimiento de la fe religiosa.
  10. Devaluación de la vida humana.

Teniendo estos síntomas ante la vista, no es muy difícil formular las metas de un plan estratégico cuyo objetivo central sea el combate contra la decadencia, al menos en sus manifestaciones más obvias y evidentes. Lo que deberíamos hacer es:

  1. Simplificar la legislación vigente haciéndola más compacta y coherente. Garantizar su cumplimiento sin excepciones orientando la norma jurídica esencialmente a la defensa de la sociedad y descartando el permisivismo individualista que tolera y ampara actos antisociales.
  2. Reordenar la actividad económica fomentando la producción de bienes y servicios de la economía real, necesarios para una vida digna. Limitar los gastos innecesarios y mantener el nivel de gasto público acorde con las posibilidades reales brindadas por la producción concreta.
  3. Reducir el aparato burocrático del Estado. Simplificar las normas y procedimientos que lo rigen y hacer más eficiente el tratamiento de los datos que maneja. Eliminar todas las instancias burocráticas que no agregan ningún valor real a la ciudadanía. Instaurar la carrera de la función pública como profesión especializada.
  4. Aumentar el nivel de exigencia y calidad del sistema educativo. Simultáneamente, diversificar el sistema con capacitación de nivel básico y medio en artes y oficios de aplicación directa a la vida cotidiana. Colocar la responsabilidad por el nivel educativo en el cuerpo docente y evaluar al mismo en función de la medida en que logra producir resultados acordes con el nivel exigido.
  5. Rescatar, proteger y difundir los elementos culturales fundacionales de Occidente. Entre otros elementos, restaurar la plena vigencia de lo bueno, lo verdadero y lo bello según la tradición grecorromana y cristiana.
  6. Instaurar el respeto por las virtudes básicas tradicionales del honor, la verdad, la lealtad, la disciplina, la perseverancia, el trabajo, la libertad, la valentía y la solidaridad.  [16]
  7. Establecer los límites del materialismo metodológico y proponer/difundir criterios científicos y filosóficos válidos que permitan trascender dichos límites ampliando la capacidad explicativa de la filosofía y la ciencia.
  8. Los actos privados de los seres humanos, mientras no afecten a terceros y se desarrollen en la intimidad, no tienen por qué estar sujetos al ámbito regulado por las leyes. No obstante, hay que entender que es preciso actuar decididamente contra la manifestación pública de la inmoralidad y sus justificaciones intelectuales, especialmente en aquellos casos en que las actitudes inmorales resulten, abierta o solapadamente, propuestas como normas de conducta “naturales” o “normales” para el resto de la sociedad.
  9. Respetando las auténticas y sinceras manifestaciones religiosas, fomentar la vigencia de las cuatro virtudes cardinales de la prudencia, la justicia, la templanza y la fortaleza apoyadas sobre el basamento de las tres virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad.
  10. Declarar y aceptar que la vida humana es sagrada en todos sus estadios de desarrollo. Arbitrar los medios para protegerla mediante instituciones sólidas – como la familia tradicional correctamente constituida –  y desalentar/rechazar prácticas que la destruyen bajo diferentes pretextos.

Resulta por demás obvio que establecer un listado de metas es relativamente fácil; lo difícil es, por supuesto, generar las condiciones y adquirir el poder necesario para concretarlas a fin de rescatar a los Estados-Nación y a las naciones mismas del proceso de disolución en el que se hallan sumergidas.

Pero el hecho es que, si queremos evitar la decadencia, ésa es la tarea que nos espera.

Porque, de no hacer nada al respecto, lo único que cabrá hacer en Occidente es esperar la llegada de los nuevos bárbaros.

O ni siquiera eso.

 Porque, a lo mejor, ya llegaron.

Notas:

1)- 1er tomo 1918 / 2° tomo 1923  Cf.http://lanuevaeditorialvirtual.blogspot.com.ar/p/listado-de-obras-publicadas-autor.html

3)- Edward Gibbon (1737-1794) – Historiador británico. Se lo considera como el primer historiador moderno y uno de los historiadores más influyentes de todos los tiempos. Su obra principal, The History of the Decline and Fall of the Roman Empire (Historia de la decadencia y caída del Imperio romano), publicada entre 1776 y 1788, es un trabajo fundamental cuya influencia perdura hasta hoy.

4)- Nicolai Kondratiev (1892-1938) – Economista ruso. Elaboró la teoría en la que se basó la NEP (Nueva Política Económica) adoptada por Lenin y participó en la elaboración del primer Plan Quinquenal de la Unión Soviética. Se opuso a las colectivizaciones forzadas impuestas por Stalin por lo que fue arrestado, encarcelado y finalmente fusilado.

5)- Sir John Bagot Glubb (1897 –1986), conocido como Glubb Pasha. Militar, intelectual y autor británico. Condujo y adiestró a la Legión Árabe Transjordana entre 1939 y 1956 como su Comandante General.

6)- Alexander Solyenitzin, Semblanza de Alexander Solyenitzin, pág. 51 Artículo: Un Mundo Escindido.
Cf. http://lanuevaeditorialvirtual.blogspot.com.ar/p/listado-de-obras-publicadas-autor.html

7)- Huntington, Samuel P.:  The Clash of Civilizations,  The Clash of Civilizations and the Remaking of the World Order p. 304 – New York: Simon and Schuster, A Touchstone Book, 1996

8)- Black, Jim Nelson: When Nations Die – America on the brink. Ten warning signs of a culture in crisis. (Cuando las Naciones Mueren – Norteamérica al borde. Diez signos de advertencia de una cultura en crisis.)  Wheaton, IL: Tyndale, 1994.

9)- Ortega y Gasset, José: Mirabeau o el político, 1928/29

10)- Cf. Martos, Denes: Doce Buenos Años, 2011-52. Entre la anomia, la anarquía y el caos.
http://denesmartos.blogspot.com.ar/p/doce-buenos-anos.html

11)- Dembski, William A.:  No Free Lunch: Why Specified Complexity Cannot Be Purchased without Intelligence (Lanham, Md.: Rowman and Littlefield, 2002a). El énfasis es mío.

12)- Durant, William J.:  The Story of Civilization, New York: Simon & Schuster. (1935/1975)

13)- Dudley, Donald; The Civilization of Rome (New York: Meridian, 1993), p. 238.

14)- Excepción hecha, quizás y hasta cierto punto, de un desastre engendrado por una guerra nuclear.

15)- Fukuyama, Francis; El fin de la historia y el último hombre. Editorial Planeta. 1992.

16)- Cf. Martos, Denes; Las Nueve Nobles Virtudes, Cf.http://denesmartos.blogspot.com.ar/p/blog-page.html

 Fuente: Denes Martos

LA ÉPOCA DE AL-ANDALUS FUE TERRORÍFICA (Serafín Fanjul)

Al Andalus

«Hoy en día nadie, ni los historiadores arabistas, creen que Al-Andalus fue un crisol; fue una época terrorífica», argumenta con vehemencia Serafín Fanjul (Madrid, 1945), catedrático de Literatura árabe, miembro de la Real Academia de la Historia y látigo de los intelectuales complacientes con el Islam y con los nacionalismos periféricos españoles. Fanjul desmonta con sus estudios la idealización de la armonía de las Tres Culturas durante la época de convivencia en la Península de moros, judíos y cristianos. «Los que defienden esa majadería no han leído nada», responde sin contemplaciones antes de enfilar a Juan Goytisolo, «un señorito que ha vivido de creerse un escritor maldito» que no ha superado las teorías de Américo Castro. Exmilitante del PCE, Fanjul desgrana severas descalificaciones hacia Podemos en esta entrevista en exclusiva con Epipress porque considera a este partido «algo poco serio que puede dar grandes disgustos». Insta a las autoridades a que obliguen a los musulmanes residentes en nuestro país a cumplir las leyes y la Constitución y recrimina el silencio de las feministas respecto a la matanza de niñas cristianas en países como Nigeria.

 Señor Fanjul, ¿qué tiene que ver el Estado Islámico (EI) con Al Qaeda y con el asesinato de Bin Laden?
El Estado Islámico y Al Qaeda son rivales aunque ambos sean suníes y son, sobre todo, antioccidentales. Sin embargo, poca gente presta atención al movimiento de rechazo a Occidente más peligroso, que es Arabia Saudí. Es de ahí de donde sale Al Qaeda, Bin Laden y el propio EI que bebe de su ideología y vive de su financiación. Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Kuwait sustentan a estos radicales aunque vendan que los persiguen, eso sí, siempre que actúen en sus territorios.
¿Por qué se produce ahora una escalada de ataques contra Occidente?
Porque no hay interés en acabar con esos radicalismos con contundencia. Lo que importa ya no es el petróleo, sino los flujos de capitales que hay entre Arabia Saudí y Estados Unidos. Hay demasiados intereses financieros manejados por grandes inversores americanos.

Así que Occidente se queda de brazos cruzados ante esta barbarie, ¿no?
Los radicales islámicos han visto la debilidad de Occidente y ven, sobre todo, a Europa acobardada. Yo creo que se equivocan porque Europa sigue siendo una gran potencia económica y cultural y Estados Unidos una gran potencia militar y económica.

 Yihad significa combate por la fe. ¿Qué tiene que ver esa guerra santa con el Corán?
En el Corán se exhorta a hacer la guerra por Dios para difundir la fe musulmana. Yihad significa dos tipos de esfuerzo: uno es el interior y el otro el del combate físico contra los enemigos del Islam. Para el 90% de los musulmanes, la yihad tiene que ver con ese combate. Es una obligación de todo musulmán luchar contra los enemigos del Islam.

¿Qué tenemos que temer entonces los occidentales?
Los occidentales tenemos que temernos a nosotros mismos, a la debilidad que tenemos y que mostramos. Nuestra sociedad, sobre todo la española, se ha vuelto muy blandita porque se ha acostumbrado a vivir demasiado bien y no nos percatamos de que hay otras sociedades que viven mal y que no tienen el concepto del valor de la vida que tenemos nosotros. Cuando se vive en situaciones precarias se relativiza mucho lo que se hace, aunque la mayor parte de los terroristas tan solo cumplen órdenes de dirigentes.

 ¿Qué tipo de dirigentes?
Personas que no son pobres como ellos, gente acomodada que actúa por venganza, rencor, revancha y resentimiento personal. Son personas que viven entre nosotros resentidas con la sociedad y que atisban si no hacen algo un futuro frustrado y un presente muy feo.

Pero no todos los resentidos se hacen terroristas.
No, pero sí que vemos que se unen a partidos como Podemos que critican al sistema, algo que por cierto, ya hacían los neonazis.

 ¡Oiga, no me compare a los terroristas islámicos con Podemos!
No. Podemos es una cosa muy poco seria en origen que puede darnos muchos disgustos en el futuro. ¿Qué se puede esperar de un partido liderado por unos profesores universitarios de tercer nivel que en vez de estudiar se fueron a Venezuela?

Algo habrá hecho mal Occidente para que se dé ese peligroso caldo de cultivo entre los resentidos musulmanes, ¿no cree?
Por supuesto. La retirada colonial de los años 50 dejó un vacío político y administrativo en los países que se hicieron libres que ocupó el Islam desde las mezquitas como fuerza de cohesión. Los europeos se replegaron y renunciaron a su influencia cultural e ideológica en esos países y además la religión cristiana, eje de las políticas europeas, dio paso a movimientos laicos y nos quedamos sin retaguardia moral en la que refugiarnos. Las convicciones religiosas siempre dan seguridad y cohesión a los grupos humanos. A todo esto hay que unir la eclosión demográfica de los países musulmanes que ha sido importada como mano de obra por muchos países de Europa. Tras la guerra del Yom Kippur del 73, muchos países se encontraron con un dinero del petróleo con el que jamás habían soñado, luego pasaron a los flujos financieros y de inversión con Suiza, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos y ahora dan la calderilla que les sobra a los radicales. Para un ejército de desarrapados, el dinero que recibe de Arabia Saudí es agua de mayo.

 ¿De dónde viene esa atrocidad de degollar a las víctimas sin el más mínimo escrúpulo?
De la bestialidad del ser humano. Si no se les diera tanto pábulo en los medios de comunicación, otro gallo cantaría.

Y ahora está internet.
Es cierto. Lo hacen para aterrorizar y someter a la población árabe musulmana que tienen subyugada.

 Dicen los expertos que nuestro temor es exagerado, que el odio a muerte es dentro del propio Islam, entre chiitas y suníes…
Será exagerado en Monforte de Lemos donde apenas hay musulmanes, pero no lo es en Granada donde ya hay más de 20.000, o en el Raval de Barcelona donde quieren imponer sus normas. Lo que tenemos que hacer en España es tener cuidado y dejar claro a los musulmanes que tienen que acatar nuestras leyes y nuestra Constitución. Eso es lo que no se hace.
Serafín Fanjul

Serafín Fanjul

¿Se puede hacer peor de lo que hicieron Bush, Blair y Aznar al liquidar a Sadam Hussein y abrir la caja de Pandora que tantas desgracias nos ha acarreado?
Con la distancia que da el tiempo se pueden hacer todo tipo de juicios. Creo que en esa actuación hubo errores de cálculo y errores de información. Aznar fue víctima de esos errores y los tres actuaron engañados por la CIA. Lo que sí está claro es que Irak empleó armas de destrucción masiva en algún momento, luego accedió al desmontaje de esas armas y no le creyeron. Al trío le metieron un gol, como se lo metieron a Bush el 11-S. Es cierto que Sadam Hussein era una bestia, pero era nuestra bestia, como se soporta al rey de Marruecos porque la alternativa es cruda y es el islamismo radical. En Libia pasó lo mismo porque Gadafi era otra bestia, pero también una pieza clave para la estabilidad en el Mediterráneo. En Egipto, centro del mundo árabe, estaba otro tirano, Mubarak, un ladrón y un abusón, pero que daba cierto equilibrio con Israel y Estados Unidos. En Siria ya vemos lo que está pasando. Bachar al-Asad es otro tirano, musulmán alauí, que se puede llevar bien con los chiíes de Irán antes que con los suníes. Todo ese descontrol ha sido aprovechado por los radicales que dicen: somos musulmanes y vamos a poner el Reino de Alá sobre la Tierra.

 Poca solución se ve a semejante lío, ¿verdad?
Tendrá que ser Arabia la que acabe con el califato de EI que tan bien suena en los oídos de un musulmán. Supongo que en esa confrontación será el EI el que salga exterminado.

¿Cómo se puede integrar a los islamistas en nuestro suelo occidental para que acepten las normas de convivencia de los países de acogida?
Obligándoles a cumplir las leyes como las tenemos que cumplir el resto de mortales. No hay fórmulas mágicas.

 Pero es que los terroristas surgen de nuestras escuelas y universidades. ¿Por qué no se integran con nosotros?
Porque no les da la gana y porque, insisto, no se les obliga a acatar las leyes. Yo tengo que cumplir las reglas de tráfico y no me siento por ello nada oprimido.

¿Cómo hay que tomarse la amenaza del islamismo radical desde aquí, desde Al-Andalus?
Depende de nosotros y de las ganas que tengamos de garantizar la apertura y la tolerancia de nuestra sociedad que da cabida a todas las religiones. Lo que no tiene que haber cabida es a la intolerancia.

 ¿Cómo debe comportarse España con nuestro vecino Marruecos para evitar los problemas de la inmigración ilegal, el tráfico de drogas y la reclamación de Ceuta y Melilla que amenazan nuestras relaciones con el mundo musulmán?
El problema de la inmigración pasa por defender seriamente nuestras fronteras. Yo no puedo entrar en Nigeria por donde quiera y sin documentación. Hay que presionar a Marruecos desde la diplomacia porque cuando ayuda en este problema se ven pronto los resultados. Lo que está claro es que en España se trata bien a los inmigrantes. Otra cosa es lo que sucede en Ceuta y Melilla. Hay que hacer ver a Marruecos mediante hechos que son territorios nuestros y eso se hace con más inversión en esas ciudades e impidiendo que la proporción de musulmanes crezca como está creciendo. Los gobiernos españoles han demostrado una gran inopia con este tema. Si no se actúa, la balanza en pocos años puede estar a favor de Marruecos. Donde sí funcionan las relaciones entre España y Rabat es en el tema de la seguridad para frenar el islamismo radical.

Usted afirma que España vive un momento histórico grave porque se están fomentando de forma irresponsable los localismos basados en inventos pseudohistóricos.
Y así es y ¡menos mal que en Andalucía no cuaja de forma seria! Pero ya hemos visto a los catalanes, a los vascos y a los gallegos. En Andalucía es ahora el PSOE el que enarbola la bandera de un nacionalismo artificioso y están como locos buscando hechos diferenciales e incluso los hay independentistas. Hay filólogos que hasta quieren inventar una lengua andaluza. Blas Infante encontraba el hecho diferencial andaluz en que en esa tierra estuvieron los musulmanes.

 Juan Goytisolo, flamante premio Cervantes, acaba de escribir que usted ha cambiado de bando y que en las últimas décadas ha puesto su talento al servicio de desmontar el mito de Al-Andalus y de la España de las Tres Culturas.
Esa es la respuesta que ha dado a un artículo que escribí hace unos meses. No me parece que Goytisolo se merezca el Cervantes. Eso es más bien una majadería del secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, un pepero que quiere hacerse el progre por lo que pueda pasar en el futuro.

¿Va por usted eso de que quien abandona una fe tiende con frecuencia a refugiarse en otra y vengarse de su pasado?
Goytisolo nunca ha sido de izquierdas y ha jugado siempre a la ambigüedad. Es un personaje que se aprovecha de España para lo que le conviene y cuando no le conviene la desprecia y dice que le da asco. Siempre ha sido un señorito que ha vivido de hacerse la víctima y de creerse un escritor maldito. ¡No puede darme lecciones de antifranquismo alguien que se ha pasado la vida viviendo en París y Marrackech!

 Lo que viene a decir es que usted antes atacaba desde la izquierda y ahora lo hace desde la derecha, ¿no?
Si ser de izquierdas es ponerse tras una pancarta con UGT, CCOO y Podemos, yo no soy de izquierdas. Fui militante del Partido Comunista y no me arrepiento, ni me jacto, ni me avergüenzo. ¡Eso sí! Nunca fui progre ni me sumé al PSOE para buscar una poltrona. No estoy afiliado a ningún partido y resulta que ahora Goytisolo dice que soy facha porque no me trago su bola árabe y su retórica majadera de Américo Castro. Goytisolo, que no lee nada, se ha quedado con Américo Castro y no se entera de nada.

¿Cómo hay que interpretar hoy la afirmación de Américo Castro de que lo español se formó en el crisol de la proximidad-rechazo de las tres castas: cristianos judíos y musulmanes?
Le recomendaría a Goytisolo que leyese a Sánchez-Albornoz. Hoy en día, nadie, ni los historiadores arabistas se creen eso de que Al-Andalus fue un crisol.

 ¿No era una especie de paraíso?
Fue una época terrorífica y las pervivencias que quedan de ella en España son escasísimas. Como digo esto, Goytisolo siente que le rompo el juguete. También soy crítico con Sánchez-Albornoz porque no creo que lo que somos hoy sea continuidad de la Cueva de Altamira.

¿No venció don Pelayo a los moros en Covadonga?
No sé si se produjo la batalla de Covadonga, lo que sí sé es que en el siglo VIII entraron unos 100.000 árabes en la Península y entre los años 730 y 740 se dieron unas hambrunas tremendas en las zonas de Asturias y Galicia que obligaron a los musulmanes que se habían asentado en el Norte a regresar a su tierra bereber. Fue un éxodo obligado por el hambre más que una heroica batalla de don Pelayo, que desde luego aprovechó esa huida para impulsar la monarquía astur-leonesa.

 ¿Qué opina entonces de la corriente de intelectuales que idealizan la etapa de Al-Andalus?
Que no saben de lo que hablan.
Son los que ponen a Maimónides como ejemplo de convivencia de las Tres Culturas.
A Maimónides y a Averroes y resulta que los dos fueron personajes perseguidos por los musulmanes. Los que dicen eso no tienen ni idea, son políticos y escritores aficionados como Goytisolo. Maimónides era judío y cuando la ocupación almohade se tuvo que islamizar a la fuerza. Se fue a Marruecos y luego a El Cairo donde vivía como criptojudío hasta que fue procesado por apóstata. Tuvo la suerte de que un amigo suyo le ayudase durante el proceso y le absolviesen. Maimónides maldice en su epístola a los judíos de Yemen al islam y a los cristianos.

¿Hubo armonía o no entre las Tres Culturas?
Nunca hubo armonía, eran tres comunidades yuxtapuestas con intercambios comerciales, económicos y administrativos. Lo que había eran dos culturas y tres religiones porque los judíos tendieron a adoptar la cultura romance o la árabe. Era lo más parecido al Apartheid de Sudáfrica.

 Profesor, ¿no se ha pasado usted al decir que si la ablación, una práctica ancestral del Valle del Nilo de la época de los faraones, fuera defendida por todos los árabes las feministas multiculturalistas se apresurarían a calificarla de excelente?
No digo exactamente eso. Lo que creo es que las feministas occidentales tienden a ser grandes defensoras de otras culturas y por razones políticas toman o no partido por una cosa u otra. No les veo alzar mucho la voz por las mujeres cristianas que están matando en Nigeria, pero pronto enarbolan la bandera de la libertad religiosa si a una musulmana no la dejan entrar en un espacio público con el pañuelo puesto por razones de seguridad. Son feministas y progres que tienen una doble vara de medir. ¿Por qué se hace la vista gorda con las niñas españolas que se llevan a Senegal para mutilarlas? Eso hay que perseguirlo penalmente. Las feministas son sumamente laxas para unas cosas y tremendamente intransigentes para otras. En España hace falta un poco más de objetividad.
Natalia Vaquero