Aborto y decálogo anti-nazi.

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Un grupo de jóvenes reunidos en torno a la página web y periódico digital  debatepress.com, que conocí con motivo de la última presentación de mis libros en Madrid hace unos días, me piden que colabore en sus publicaciones y tras responderles con gusto por la afirmativa, he pensado debutar por un tema siempre en ascuas y para el que me siento llamado a levantar la voz o tomar la pluma o darle a la tecla, como vine haciendo ya de antiguo por otra parte.

¿Política y religión compartimentos estancos? La Falange fundacional así parecía creerlo como se dejaba traslucir en el punto 25 de la Norma Programática, que provocó fricciones y rupturas dentro del movimiento y que se atribuyó siempre a una corriente dentro del movimiento nacionalsindicalista encarnada en Ramiro Ledesma Ramos y en Rafael Sánchez Mazas con la caución suprema nota bene del jefe y fundador, José Antonio, pero sin más abundamientos de su parte  – ni de ningún otro–  en un tema que por lo arduo y delicado los merecía y a fe mía que los sigue mereciendo.

De la canonización de San Wojtyla, y de su compañero de viaje camino de los altares Juan XXIII se podía pensar lo que se quisiera. En el plano de la política religiosa en cambio, a saber en todo aquello que toca o roza la política temporal nos arrogamos un derecho a tomar partido y a reñir batallas sin necesidad del níhil obstat. Como ocurre en el tema tan debatido del aborto o de la interrupción del embarazo que la Iglesia desde los tiempos del papa polaco pareció erigir en una especie de súperdogma bautizado de derecho a la vida, acorde a una fórmula que había recogido ya hace bastante años (en 1963) la Ley Fundamental –de rango constitucional— de la República Federal Alemana. Lo que nos da ya una pista.

Y es de ese carácter beligerante antinazi que revistió innegablemente el desarrollo doctrinal o teológico y dogmático a la vez en la iglesia de la posguerra, del concilio y del posconcilio. Y lo ilustran a las mil maravillas las continuas referencias –como una obsesión lancinante–  al nazismo, al Holocausto, a la eugenesia nazi en la propaganda fide de seglares y eclesiásticos en la materia, y que llevaría a su apogeo el pontificado de un papa polaco irreconciliablemente antinazi – y anti-alemán– , de lo que nunca dejó albergar la menor duda hasta el final de su vida.

La Iglesia en los tiempos modernos endureció su doctrina en la materia, es cierto; la doctrina tradicional en cambio –de plazos y que admitía el beneficio de la duda (in dubio libertas) en punto “al momento de la infusión del alma humana”–, remontándose al doctor común Tomás de Aquino, era y es distinta de la doctrina que se nos viene predicando a tiempo y a destiempo –la del primer instante de la concepción–  en los últimos pontificados. Y lo del genocidio eugenésico de la Alemania nazi no deja de ser un mito – fundador– que nos arrogamos el derecho de negar sin el menor complejo.

Hay por lo demás una eugenesia llamémosle positiva –léase de perfeccionamiento moral colectivo–  perfectamente defendible en el terreno de los principios y a la luz de la Moral como lo ilustra los autores de la Antigüedad clásica. Y así, no creo, a título de ejemplo, que se pueda imponer a ningún padre y madre a la luz de los avances científicos y tecnológicos que la Humanidad alcanzó hasta hoy –y de los medios de prevención a disposición de todos–, la obligación de traer al mundo un hijo afectado del síndrome de Down, en conciencia.

Y por eso me opuse resueltamente al proyecto de Gallardón. ¿Estoy defendiendo o proclamando un derecho al aborto? No propiamente, como tampoco creo que la Vida sea un derecho absoluto. También los tiene la Muerte. Como lo proclamó el general Millán Astray, de excelsa memoria.

Aunque el primer mandamiento del decálogo anti-nazi del derecho a la Vida –el de la Iglesia del concilio y del posconcilio–  lo sea el “no abrazarás (sic.) la cultura de la muerte”. Cantigas, como dicen los portugueses.

Fuente: Juan Fernández Krohn (debatepress.com)

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