La Desidencia en tiempos de mansedumbre.

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Hay momentos particularmente ruines en la historia de las sociedades en que la dignidad, la decencia y el coraje que le faltan a la mayoría están concentrados en unos pocos. Pareciera que estos valores hubieran desertado de los hombres, pero están depositados como un tesoro preciado y escaso en un puñado de irreductibles asediados por la arrogancia de los poderosos y el cacareo de las ocas del cenagal.
Parafraseando a Jonathan Swift que decía que “cuando en el mundo surge un genio, puede identificárselo por este signo: todos los necios se conjuran contra él”, podemos afirmar que cuando en un mundo de pulgarcitos aparece un hombre con estatura propia, todos los doblegados y arrodillados se confabulan contra él. Gulliver en el país de Liliput.
Nada ofende tanto a los agachados y genuflexos de por vida como el porte erguido de los insumisos. En la imposibilidad de crecer y elevarse por sus propios medios y méritos, el enano, el arrastrado, el rampante, declara solemnemente la inutilidad, la estupidez y la aberración de ser grande y andar derecho, y trata de rebajar y envilecer con un empeño y un frenesí que desmienten esta pretensión y que expresa cabalmente lo profundo de su frustración y bajeza, todo lo que representa el menor atisbo de grandeza y rectitud, y se empeña en denigrar con un afán imbécil toda actividad flageladora de la rastrera vulgaridad una época sin rigor.
Para los serviles peones de un orden subalterno y caduco que los amos del momento quisieran inamovible y eterno, la estatura del rebelde, su posición erecta, su vocación de ser y su voluntad de permanecer, constituyen una denuncia incesante de su insultante mediocridad, un perpetuo recordatorio de su ridícula impotencia, el espejo de su insufrible pequeñez, y se convierten en la justificación de su rastrero resentimiento: la rabieta sin fin del que quiere y no puede. En un mundo de bueyes mansos, en un paisaje de aborregadas conciencias, en este “final de la Historia” que nunca acaba de finalizar, el indómito, el libre, el cuello sin dogal, se convierte en una bestia negra, un réprobo, un apestado. Su atrevida existencia en medio del balante rebaño es una afrenta, una amenaza, un peligro. Su hombría, su natural orgullo, su tamaño normal, son un contundente insulto a la miserable condición de eunucos de los inquilinos del corral, un recordatorio constante de su abyecta sumisión, una acusación permanente de su incurable indignidad. Hay que doblarle la cerviz, romperle el espinazo, uncirlo al bajo yugo.
Ninguno de los desafinados integrantes del berreante coro de sietemesinos que atacan desde su hediondo lodazal toda manifestación de oposición al sistema o cualquier cuestionamiento de los dogmas que lo sostienen (policía, fiscales, jueces, políticos, intelectuales y prensa del régimen, ONG’s de todo pelo, más una tropilla de saltimbanquis de difícil calificación en busca de algún papel que firmar para enriquecer su escuálido curriculum) es capaz de elevarse un centímetro de su despreciable condición de rameras del Poder y de mamporreros de Palacio, ni superar el estigma de su esterilidad sin remedio. En un clima de ruindad espiritual, de prostitución ideológica, de deserción moral, de patética adhesión a idealismos de pacotilla, de infantilismo intelectual, donde se ha llegado a vender a precio vil los más nobles ideales a cambio de 30 monedas de cobre o un plato de lentejas con gorgojo, cualquier actitud de independencia, cualquier idea a contracorriente, cualquier empresa justiciera, cualquier gesto de disidencia, cualquier acto de coraje y desafío, cualquier veleidad de inconformismo o de simpatías prohibidas, es atacado de la manera más artera e innoble por esa caterva de menguados más arriba mencionados. En virtud de esa doctrinas, los modernos heréticos son marcados a fuego rojo: nazis, fascistas, ultras, racistas, xenófobos… El odio de los malvados es el galardón de las buenas obras, no hay premio más digno.
La agresión es la expresión de la naturaleza del agresor. Éste se retrata fielmente a través de aquélla, se define sin error con su comportamiento. La agresión no nos dice nada, a priori, del agredido, en cambio lo dice casi todo de su agresor. En la bajeza de procederes y de contenidos de la campaña contra el pensamiento disidente y la libertad de expresión está dibujada la propia vileza moral de los componentes que la llevan a cabo y la corrupción del sistema que representan y que les paga, y la verdadera identidad de sus objetivos, que nos presentan bajo el ropaje tranquilizador, honorable y benéfico de democracia, libertad, derechos humanos, progreso, etc., cuando en realidad están pensando en la defensa de sus privilegios y granjerías y en la perpetuación de un orden malsano en su esencia y pervertido en sus métodos. Todo lo que es susceptible de soliviantar la paz de la dócil manada debe ser eliminado, silenciado, desterrado. Estos canallas invocan la democracia a la manera de aquellos sinvergüenzas que glosan el amor cortesano y caballeroso y acostumbran en cambio a despertar en la cama de putones verbeneros.
La situación es ésta: ruptura por incompatibilidad entre los hombres que aún quedan en pie y una sociedad que se agacha más y más, entregada al enfermizo abrazo de todo lo inferior en pos de su postración definitiva. Inquisición ideológica contra independencia intelectual. Seguiremos adelante pues “no es necesario esperar para emprender ni lograr para perseverar”. Per aspera ad astra.

Andrés Palomares Denia

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