Las “jaulas” de London Cage y el engaño histórico.

La entrada a Kensington Palace Gardens, antigua casa de la London Cage

La entrada a Kensington Palace Gardens, donde se encontraba la London Cage.

A raíz de los juicios de Nuremberg, algunos críticos afirmaron que gran parte de las auto incriminaciones de los prisioneros alemanes que se habían presentado como testimonios a la Corte aliada se obtuvo a través de métodos cuestionables incluyendo el uso de la tortura. El senador Joe McCarthy fue uno de los que extendieron los calificativos de apologistas nazis y antisemitas a todos los alemanes en general. Pero un reciente artículo en la prensa británica titulado: “Cómo Inglaterra torturaba a los prisioneros de guerra nazis”, y firmado por el historiador Ian Cobain explica que McCarthy y los de su “calaña” estaban al corriente de las torturas utilizadas por los aliados para hacer que los prisioneros alemanes se declararan verdugos sin serlo.

Cobain* dice: “Fue en 2005, durante mi trabajo como periodista de investigación, que me encontré con una mención velada de un centro de detención de la Segunda Guerra Mundial conocido como “London Cage”. Solcité información a la Oficina de Relaciones Exteriores que me fue entregada a regañadientes. De repente un mundo siniestro se desplegó ante mí:  Un centro de tortura militar británico operando en completo secreto durante los tres últimos años de la Segunda Guerra Mundial por donde pasaron miles de alemanes que fueron golpeados, privados de sueño y obligado a asumir posiciones de estrés durante días enteros.”

Pero, ¿cómo podemos estar seguros acerca de los métodos utilizados en “London Cage”? El hombre que lo dirigió ha admitido su existencia aunque calló durante medio siglo por miedo a que su historia trajera la vergüenza a una Gran Bretaña que, supuestamente, había estado luchando por la honestidad, la decencia y el Estado de Derecho.

Ese hombre era el coronel Alexander Scotland, un maestro en las técnicas de interrogatorio. Después de la guerra, escribió un relato de sus actividades en un libro de memorias, en el que recordó cómo gritaba a los prisioneros a su llegada al centro cada mañana: “Abandonad toda esperanza de salir vivos de aquí.”

Como era costumbre, antes de la publicación de su libro Scotland presentó el manuscrito a la oficina de la guerra para su aprobación en 1954. El terror interno estalló y se incautaron las cuatro copias que el autor había presentado. Todos los que llegaron a conocer su contenido fueron silenciados con amenazas de enjuiciamiento en virtud de la Ley de Secretos Oficiales.

Lo que causó mayor consternación era su admisión de que los horrores habían continuado después de la guerra, cuando los interrogadores cambiaron las conclusiones de las declaraciones de los prisioneros a las que habían llegado los componentes de Inteligencia británicos, con el fin de asegurar las condenas por crímenes de guerra.

Lo que Cobain especificaba es que los torturadores siguieron trabajando para los fiscales de la posguerra en Nuremberg y que dicho trabajo consistía en asegurar la culpabilidad alemana en su conspiración para dominar el mundo y su política genocida, específicamente en contra de judíos europeos.

Actualmente, los historiadores que llevan a cabo nuevas investigaciones sobre las revelaciones de Cobain podrían descubrir hechos que pueden alterar significativamente la narrativa de la “guerra buena” por no hablar de la versión políticamente correcta del llamado “Holocausto”. Durante su comparecencia ante el tribunal de Nuremberg, el comandante de Auschwitz, Rudolf Hoess, declaró que cerca de 4 millones de judíos fueron asesinados en el campo y que la mayoría de ellos lo fueron por gaseamiento.

Hoess fue colgado después de firmar su declaración hecha en Inglés, idioma que no hablaba ni entendía. Su testimonio sentó las bases para la narrativa de los 6 millones de judíos asesinado durante la guerra. A principios de 1980, los historiadores descubrieron que el testimonio de Hoess era tremendamente incorrecto y que las personas fallecidas en Auschwitz no llegaban al millón. La placa conmemorativa colocada en la entrada del campo fue sustituida en silencio por otra que se acercaba más a la realidad. Pero la propaganda no ha cambiado por lo que la aceptación de los “seis millones” se ha convertido en una falsa realidad muy difícil de desarraigar de las mentes corrientes. ¿Quién aceptaría hoy los testimonios de los prisioneros de Guantánamo obtenidas mediante tortura como válidos en un tribunal de justicia?

Alexander Scotland, por supuesto, negó las denuncias de tortura, en el estrado de los testigos y dijo que sus acusadores mentían. Lo más sorprendente es que unos años más tarde estaba dispuesto a confesar acerca de las técnicas que se empleaban en “London Cage”.

En sus memorias, publicadas en una versión muy censurada dos años después, reveló que un gran número de prisioneros fueron obligados a declarar contra sí mismos. Un general fue condenado a muerte en 1946 tras firmar una confesión en la cárcel en un estado de depresión profunda que fue constatado por el equipo médico de la prisión en un informe que nunca vio la luz por decisión del Ministerio de Defensa y la Oficina de Relaciones Exteriores.

“The London Cage” apareció en las librerías en 1957 y a partir de entonces los funcionarios del Ministerio de la Guerra y sus sucesores en el Ministerio de Defensa, tuvieron problemas.

Años más tarde, en septiembre de 1979, los editores de Scotland ( entonces ya fallecido) pidieron al Ministerio de Defensa una copia del manuscrito original que se encontraba en sus archivos.

La solicitud provocó de nuevo el pánico entre funcionarios que buscaban mil excusas para negar la solicitud. Pero, al final y en secreto, les entregaron una copia que hoy se encuentra en el Archivo Nacional de Kew, donde pasó desapercibida  durante un cuarto de siglo.

¿Hay más que decir sobre “London Cage”? Incluso ahora, algunos de los archivos del Ministerio de Defensa quedan fuera nuestro alcance lo que demuestra que siguen habiendo evidencias sobre las torturas que se utilizaban para forzar falsos testimonio en Nuremberg y en otras salas de juicios de los vencedores. Además, significa que un grupo de personas en posiciones de alto poder impiden una investigación en profundidad de la Segunda Guerra Mundial y, en especial del “Holocausto”.

Por presiones de la prensa, se convocó un tribunal británico de investigación para esclarecer lo que había sucedido y admitieron las denuncias por maltrato físico a los prisioneros alemanes. Stephens y otros cuatro oficiales fueron arrestados y Bad Nenndorf (uno de los centros de tortura situados en Alemania) el resto continuaron operativos. Desde la cúpula del poder inglés se tomaron las medidas necesarias para silenciar posibles nuevos escándalos.

Stephens, a puerta cerrada, no negó ninguno de los horrores, pero declaró que no tenía ni idea de que los prisioneros estaban siendo golpeados, azotados, congelados, privados de sueño y dejados morir de hambre y, al contrario que los comandantes de los campos de concentración nazis, fue absuelto.

Después de la guerra

¿Qué causó el mayor consternación en Scotland? : El descubrimiento de que los horrores habían continuado después de la guerra.

En sus memorias, reveló que un gran número de militares fueron obligados a declarar contra sí mismos. Un general fue condenado a muerte en 1946 tras firmar una confesión en una de las nueve llamadas “jaulas” que existían en Gran Bretaña y que estaban dirigidas por miembros de la Sección de Interrogatorio (PWIS) que se encontraba bajo la jurisdicción de la Dirección de Inteligencia Militar inglesa.

De los 3.573 prisioneros que pasaron por los números 6 y 8 de Kensington Palace Gardens (donde se encontraba London Cage), más de 1.000 fueron “persuadidos” para firmar una confesión falsa de auto inculpación o a cometer perjurio contra un acusado para su uso en procesos judiciales por crímenes de guerra .

foto articulo

Fritz Knöchlein (foto superior), un ex teniente coronel de las Waffen SS, era uno de esos acusados por ser sospechoso de ordenar el ametrallamiento de 124 soldados británicos que se rindieron en Le Paradis en el norte de Francia durante la evacuación de Dunkerque en 1940. Su abogado defensor alegó que su defendido ni siquiera estaba allí y además afirmó que había sido torturado en Londres después de la guerra con el fin de que se autoinculpara, añadió que Knöchlein no era él el único que había sufrido tortura y que otros prisioneros también fueron golpeados repetidamente en la cara y que les habían arrancado el pelo con las manos. Un recluso pidió que le mataran porque no podía aguantar más el sufrimiento. Todo lo que declaró Knöchlein en el juicio fue ignorado y, por tanto, condenado a la horca.

Es importante recalcar que miles de alemanes, como Knöechlin, fueron torturados para auto incriminarse o para dar falsos testimonios que eran utilizados contra otros alemanes en esos juicios de pantomima, lo cual significa que miles de esas falsas declaraciones fueron utilizadas para fabricar, en su conjunto, la narrativa de la “guerra buena” de los aliados y usados también, de manera aún desconocida, para crear el “Holocausto” y sus seis millones de judíos gaseados.

El primero de los espías alemanes que llegó a Gran Bretaña en septiembre de 1940 fue trasladado a una de las “jaulas”. La información acerca de una invasión alemana se le consiguió sacar en un tiempo record, lo que indica el tipo de métodos expeditivos utilizados con una persona entrenada para tales situaciones, pero ya se sabe que “a grandes males, grandes remedios”.

Casualmente un historiador alemán habló del mismo tema en el bando contrario:

“Los centros de interrogatorio también funcionaron en Alemania, sobre todo a partir de 1944, pero las fuerzas rusas estaban avanzando hacia nuestro país, por lo que Alemania luchaba por su supervivencia.

En aquellos años, gran parte de las ciudades alemanas estaban en ruinas, cientos de miles de civiles habían muerto y apenas pasaba un día sin que los aviones del enemigo dejaran caer su mortífera carga recordando la exigencia de una rendición incondicional, por lo que no es de extrañar de que se dieran también casos de crueldad en algunos centros de interrogatorio alemanes con los prisioneros en su poder.”

En la actual guerra contra el mundo árabe y la demonización de los musulmanes, la policía de Estados Unidos y las agencias de inteligencia han utilizado la tortura para obtener falsos testimonios que se ha utilizado en los tribunales y que después han servido para que los acusados ​​sean condenados injustamente. A tenor de esa realidad innegable es obvio que los dos principales beneficiarios morales de la guerra son EE.UU. e Israel que intentan justificar lo injustificable proclamando que es por el bien la libertad y la democracia en todo el mundo y, como no, para evitar otro “Holocausto”.

Uno se estremece al pensar que estuvimos, y estamos, viviendo en un contexto moral en el que tales actos se encontraron aceptables. Tal y como los escritos de Cobain muestran, hemos vivido, y aún lo hacemos, en esa falsa moralidad todo ese tiempo y parece que nos resulta cómodo. Los maestros de la “guerra buena” hicieron bien su trabajo haciéndonos pensar que no hay otra “verdad” que la suya, incluso el valiente Ian Cobain, debió ceder ante la presión social que ha sido creada por el sistema ante cualquier alteración sobre lo politicamente correcto, o sea: el engaño histórico.

*(Ian Cobain (nacido en1960) es un periodista inglés conocido por sus investigaciones sobre las torturas perpetradas por agentes del gobierno de la Gran Bretaña a los prisioneros alemanes durante y después de la Segunda Guerra Mundial.) 

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