El “sex-appeal”de Hitler.

Hitler Eva braun

Hitler y Eva Braun.

La aproximación a la figura de Adolf Hitler, que aquí llamo el Tío Adolfo, generalmente se hace desde variados puntos que van de las antípodas: una figura demencial que echa espumarajos por la boca y que describe gestos dramáticos actorales muy plásticos e intimidantes, y el caso contrario, para una observación minoritaria y proscrita  se trata de la valoración crítica de una figura histórica con carisma y elocuencia que transformó el mundo como lo hiciera Napoleón.

En esa analogía que tanto gusta a los franceses y que desarrolla Saint Polian -Maurice Youart- en su libro, Por qué perdí la guerra, Memorias de ultratumba de Adolf Hitler, con un método de símiles estrictamente historiográficos y de minuciosa investigación -mismo que fuera expropiado de mi biblioteca por el semitunante, semi en todo-, en esa obra su autor traza el sex-appeal de ambos personajes, en distintos momentos. Respecto a las mujeres ambos resultaron muy atractivos por distinta causa: “Napoleón logra superar ciertas reservas que le da su empaque pequeño y su acento córcego con los juegos de la corte y los deslumbramientos de la Gran Armada, lo cierto es que desde oficial Napoleón tuvo encanto mismo que se hizo irresistible como sus victorias hasta el invencible seductor que fue como Emperador”.

“Luego de sus infidelidades y cuando se ve relegada y siendo mayor que él, Josefina es la mujer que le rinde un amor devoto, amor a destiempo”. Resulta entonces que Napoleón podía acostarse con Europa pero que esa fornicación era de interés geopolítico. En cuanto Hitler el asunto es más complejo: “su mirada de soñador empedernido y sus ojos azulados de gris acero dominaban a las mujeres como su caballerosidad, las prostitutas que lo veían atravesar las calles proletarias de Viena se le ofrecían, y él miraba entonces a otro lado, era un asceta, un vegetariano, un tipo que requería de la mujer transfigurante”.
¿Encuentra Hitler ese amor? Los más significativos en orden de importancia es su amor por Alemania, de la que se declara enamorado incondicional y absoluto, los centenares de miles de cartas de mujeres alemanas y extranjeras pidiéndole pasar una noche con él o tener un hijo, se dice incluso que varias gringas ligadas al círculo del baldado por la polio y presidente estadounidense, Roosevelt, hartas de sus manías de ponerse el mandil masónico y de sus decrecidas facultades físicas, mandaron emisarios  personales -con esa sicalíptica petición- que fueron despachados con diplomacia por Joseph Goebbels, empedernido mujeriego seductor, refinado y elegante, de conversación cautivadora y genial escritor y propagandista.
Hitler vivió su primer gran romance con su media sobrina Geli Raubal, quien sin llegar al prototipo de la dama provenzal que él amaba, era aficionada a las bellas artes y mujer triste y en ocasiones muy decaída. Vivió con ella de 1929 a 1931. Hasta que en una de sus postraciones Geli se dispara con la pistola de Hitler encontrándose él de viaje. Y aparece entonces la mujer de su vida, asistente de su fotógrafo Henrich Hoffman, Eva Braun, gimnástica, alegre, silvestre, nórdica, era una especie de vikinga más dulce y tierna, discreta, con el don de la invisibilidad, amantísima, leal, resistente, un bálsamo para las heridas del guerrero, y viviría con él de 1932 hasta 1945 en donde morirían unidos en un drama amoroso wagneriano y en el ocaso de los dioses.
El que fuera el Führer de Alemania y que se permite unos pasitos tropicales de alegría frente a la torre Eiffel, en la toma de París cuando Wotan le favorecía, fue un hombre de costumbre cuasimonásticas, de dieta estricta y vegetariana, abstemio, practicante de ejercicios del Tantra Yoga y de los pasos iniciáticos rituales de la Logia Thule, provenientes de la tradición otomana. Acostumbraba hacer comer a sus generales en su cuartel general la ración que los soldados de la Wermatch ingerían en el frente sin ningún privilegio. Destaca, -en ese magnífico libro de su amigo entrañable August Kubizek, en que retrata su atractivo como joven artista itinerante en Viena-, de cómo lograba con un régimen de ejercicios y de mancuernas, mantener el saludo romano durante los desfiles sin que el brazo le temblara y con una dominación yogui en base a la respiración.
Nunca fue ostentoso y vivió una vida propia de su categoría de conductor pero sin excesos, dejándole a Eva Braun más bien recuerdos sentimentales, un reloj de oro con brillantes, algún recuerdo de joyería, y muchos ramos de flores que le hacía llegar junto con la vida rodeado de sus perros entre los que se distinguía la pastor alemán Blondie.
¿Por qué entonces ese esparcido rumor entre escritores y artistas de su sex-appeal? Al parecer uno de los inventores surreales de tal atractivo fue Salvador Dalí quien pensó surrealizar el nacionalsocialismo a la manera de su centro simbólico. Ha dicho Dalí: “Ningún líder del siglo XX ha tenido más sex-appeal que Hitler”.

Y tenemos entonces a febriles manadas de skinheads browns que veneran a Hitler en una especie de feticishismo homo-erótico, producto de su cretinismo militante, y de la lectura del muy maltratado Salgari de los episodios racombolescos de la Segunda Guerra, cuya influencia ha sido perniciosa entre las tribus chichimecas de arianos desorientados, resultado de una involución espiritual.
Mas este tipo de transposiciones patológicas no se desprenden del Tío Adolfo, sino que es resultado de un tipo de erotomanía-simbólica de fallidas catarsis esquizoides, que sigue la siguiente inferencia de ruptura de la lógica formal y degradación reductio ab absurdum: ¿Si Hitler escribió Mein Kampf por qué no voy a ponerle a mi estanquillo Mi luchita? De tal forma que a veces entre conspicuos cabezas de huevo que organizan tablas ouijas para leer al Pato Donald, tenemos picolos Adolfitos en potencia, sí, el nazisferio nopalero y de huarache.
Mas ya fuera de esta teratología que sobre el Tío Adolfo se ha construido y en la que nada tiene que ver él, al que unos desconsiderados demócratas de tiempo completo consideran el diablo, por lo que como Pito Pérez, personaje de la literatura picaresca mexicana, habría que decir como lo exclama sobre el mismo azufroso: “¡pobrecito del Tío que lástima le tengo!”. Así escritores de la talla de Drieu, Montherlant, Céline, Papini, Ernesto Giménez Caballero y Rafael García Serrano tratan sobre este aspecto un tanto irreverente de la vida del Tío Adolfo, lo que demuestra que el que esto escribe si yerra lo hace en consuno con altos colegas literarios.
Para aquellos que de la vesania pasan a la santería el tema heterodoxo que se trata en sí mismo no es tolerable. Para los rabiosos antihitlerianos es una apología soterrada de un monstruo que se despachaba unos bebés con chucrut y salchichas en ceremonias con swásticas tridimensionales. Más estoy apelando a la microhistoria que se entiende como la biografía de los hombres de poder desde sus costumbres habituales y su entorno privado.
Dice Giménez Caballero el llamado Goebbels español, si bien Ge-Cé escribió un centenar de obras literarias desde su revolucionario texto surrealista, el primero en español: Yo, inspector de alcantarillas, en su muy logrado libro Memorias de un dictador -ya que se lo dictó a su secretaria-, que él propuso al Caudillo Franco que casara a Pilar Primo de Rivera con el Tío Adolfo y que éste tenía un solo testículo.
En cambio, García Serrano que en uno de sus trabajos de periodista vió al tío Adolfo -en pleno- señala: “no hay líder en el mundo al que las mujeres se entreguen con devoción frenética y oblación de su ser como este alemán que parecía pisar más allá del suelo como si levitara y no es un mago, si bien a veces lo dudo, es el hombre del que cada mujer que lo mira se enamora rendidamente y entra en estados de éxtasis místico”.
Drieu constata: “Hitler ejerce una hipnosis única y penetrante. Sus enemigos no son nada frente a él. Roosevelt un pobre lisiado que se arrastra con muletas y que sería tumbado al abordar un autobús. Stalin, con su rostro devorado por la viruela, cacarizo, con explosiones de pequeños volcanes en su rostro torvo, moja continuamente su mostacho con la lengua como hiena que con risotadas prepara otra ejecución de rusos. Esos bigotes hirsutos con sabor a samovar y a vodka le dan apariencia sucia y sus allegados, los muy pocos sobrevivientes dicen que tiene mal aliento”, y continúa, “Hitler es un Apolo y los otros pequeños enanos deformes sin contar al perro buldog borracho que se esconde en los refugios de Londres y que se llama Churchill, quien se come sus puros sumergidos en güiski”, rematando, “El gran riesgo para la estética y el mundo es que pudieran ganar la guerra”.
El terrible iconoclasta Céline retrata: “Debo decirlo, no me queda de otra, es un boche que no parece tal…Un hombre que podría arrebatarme a mis bailarinas…Un peligro para los popos que atesoro…Ese bigotillo ridículo lo hace más interesante dicen las descaradas, y ya abren las piernas, despatarradas para que las devore el águila que carga la swástica ¿o será al revés?…¡Yo no sé! De Gaulle es un papanatas grandulón con kepis. Petain un pobre vejete con termitas en su santo culo católico, pero sí ganó en Verdum. Este boche es una excepción pero temo que los rusos y los yanquis se exasperen más con su enigmática belleza de Sigfrido con uniforme…Un fenómeno y no lo quiero de competencia…”
El ex nietzscheano y luego católico Giovanni Papini expresa: “Ante el poder de la raza mediterránea Hitler delinea: un tipo viril y calmo, una apostura serena, dado a exaltarse en sus discursos, en que se acompaña de una voz dominante y operística, que maneja con gran facilidad en los tonos y en los acentos, perfecta dicción de un actor. No cumple el ideal de la bestia rubia de Nietzsche y qué mejor pues así podremos más los mediterráneos llegar a una sana alianza con los germánicos y sus brumas y bosques”.
Montherlant, el amante de la belleza clásica y de la perfección formal exclama: “Hitler no es un tipo atlético pero tampoco blandengue, da la impresión de ser un profesor de historia que hace sus ejercicios de gimnasia, no hay tripa que empañe el sueño o que cuelgue. Hay una disciplina secreta en su comida y una austeridad de convento que dicen sólo rompen los pastelillos vieneses. De complexión armoniosa corresponde a las exigencias de su cargo y está mucho más proporcionado que el querido Napoleón al que tuvo el buen gusto de visitar en su tumba, ¿de qué hablarían?”.
Quien esto escribe ha recibido información de artículos publicados en la prensa kultural del corazón donde se dice que he salido de la cloaca como la rata negra de la voce della fogna, lo que no deja de honrarme y que manifiesta la ignorancia de ese macilento levantino de gafas profesorales y disfunciones de todo tipo ¿llevaré mi manganello de escuadrista o regalaré una carezza di puñal? por ello quisiera que me  insultarán más con do de pecho o de forma gallinácea, pues es “música para mis oídos”, y por ello me adelanto a quien proponga mi excomunión y quema en efigie por la exaltación del sex-appeal del arquetípico nibelungo. El Tío Adolfo ha sido un estadista notable, un avatar indoario según algunas interpretaciones y uno de los más importante seductores de mujeres de la época moderna. Así que Tío Adolfo dinos por favor tus secretos…
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