¿Dónde están los cruzados?

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Es preferible flagelarnos con oscuras culpas a reconocer que la Primavera Árabe fue una filfa sangrienta desde sus inicios; que Estados Unidos juega una carta de doblez infinita.

Bandas de rubicundos jóvenes airados asaltan a viejecitas musulmanas que aguardan el autobús, otros salvajes similares manosean y –si pueden– violan a moritas con pañoleta y todo, azuzados por párrocos trabucaires empeñados en ofrecerles el Paraíso a precio de ganga, mientras círculos más exquisitos perpetran sangrientos atentados allende: comandos de bávaros, suecos o leoneses meten bombas en el metro de El Cairo, en los simpáticos ómnibus rurales de Gran Cabilia, en los cines de Casablanca. Su justificación siempre es la misma: lo hacen por Dios para doblegar a los infieles y llevarlos al buen camino.
En el ínterin, flotillas de pateras zarpan atestadas de bretones, murcianos, hamburgueses (y hamburguesas) desde el cabo de Gata, Zahara de los Atunes, Fuengirola… En el mar de Alborán las humanitarias Armadas de Argelia, Marruecos y Túnez ayudan a llegar a las playas a los inmigrantes que, no por hambreados, han renunciado al rencor. Pero allí mismo, en la beiramar, les esperan imanes bondadosos y jovencitas solidarias, con su buen velo por la cara, que les brindan tisanas y mantitas.
Y mientras numerosas asociaciones cívicas –de las que tanto abundan en los países musulmanes– y seráficos alcaldes e inexistentes alcaldesas defienden su derecho a entrar por donde les pete, sin documentación ni permiso alguno, el Gran Sheij de al-Azhar, prevaliéndose de su autoridad moral, sentencia que el cristianismo es una religión de paz porque, no nos confundamos: no todos los cristianos son terroristas y no debe incitarse al odio contra ellos, ni siquiera exhibiendo inanes pancartas, o camisetas no menos bobas pero a la moda, con leyendas tales como «Yo también soy El Cairo», «A mí también me mataron en Cabilia» o «Yo también soy [el periódico] al-Ahram», víctimas todas de la vesania cristiana. Las llamadas contra el odio proliferan y se habla de endurecer los códigos penales para mejor perseguir a quienes rezonguen por los atentados. Pero dejemos el chiste.
Ante el panorama actual, con gobiernos europeos que proclaman a gritos su inepcia cuando no su connivencia –¡qué decepción, Sra. Merkel!– con el chantaje turco, refugiados mediantes, o la incapacidad de combatir de manera radical el terrorismo islámico, resurgen entre nosotros (no sólo en España, no nos creamos tan excepcionales) los espectros de Franz Fanon, Susan Sontag, Eduardo Galeano, Chomsky… que vienen a regañarnos de nuevo por nuestras maldades. Frente a la invasión incontrolada y el terrorismo, más incontrolado aún, imitadores poco instruidos –¿ustedes se han percatado de cómo habla y escribe la alcaldesa de Madrid?– no se apean de las cantaletas de los años sesenta sobre «nuestras culpas» en el Tercer Mundo. Descubridores, eso es lo que son: unos descubridores, de cerebros lúcidos y generosidad insobornable. Si achicharran con bombas o metralla a europeos de acá o acullá es porque algo habremos hecho.
Todos, en bloque, sin matices temporales, ni nacionales o de ocasión, rediviva la aburrida tesis de las culpabilidades colectivas: todos los judíos, todos los alemanes, ahora todos los europeos. Desde Rómulo y Remo hasta el último crío nacido en Manoteras, inmigrantes excluidos, claro.
Estamos condenados a «reflexionar sobre cómo se engendró» el odio que pone las bombas, mientras los escrachistas profesionales lucen careta de buenistas y justos jueces. Quienes sostuvieron, sin inmutarse ni soltar la carcajada por su propia impudicia, que J. M. Aznar fue el culpable de las bombas de Atocha, en estos momentos regresan con argumentaciones infantiles de buenos y malos y sin más conocimientos sobre el islam que sus mismos lemas y consignas.
Es preferible flagelarnos con oscuras culpas a reconocer que la Primavera Árabe fue una filfa sangrienta desde sus inicios; que Estados Unidos juega una carta de doblez infinita consintiendo que el absceso del Estado Islámico (en árabe se llama Dawlat al-islam o ad-Dawla al-Islamiyya, o sea «Estado Islámico»: aclaración para periodistas amigos y tertulianos varios) se eternice en el costado europeo, porque es, literalmente, increíble que con los medios de detección, comunicación y destrucción de que dispone la aviación americana no hayan podido en más de dos años acabar con las caravanas de miles de camiones que roban el petróleo hacia Turquía; es imposible ignorar que ese país está utilizando a los refugiados para extorsionar a la Unión Europea, mientras soltamos dineros que se comerá la corruptísima burocracia turca y se avanzan promesas de integración total en Europa y vista gorda para poder exterminar impunemente a los kurdos; desconocer que Arabia Saudí niega con una mano cuanto hace con la otra y olvidar, en suma, que hasta la intervención rusa nadie intentó frenar en serio a los terroristas constituidos en estado.
Y el terrorismo islámico, bien clavado en el corazón de Europa, gracias a unos políticos que –en casi todos los países– no quieren asumir responsabilidades más crudas que incómodas y se atrincheran tachando de racistas, xenófobos o nazis a quienes tan sólo se han cansado de padecer los efectos de tanta incompetencia: en Alemania, Pegida y Alternative für Deutschland son –dicen– nazis; en Francia, el Frente Nacional es fascista; en Bélgica buscarán por algún resquicio la sombra de Leon Degrelle; en España, cualquiera que disienta del rebaño, facha.
Si gentes de una religión y pretensiones muy claras y determinadas ponen bombas, el problema no son ellos sino el racismo, pero yo no veo a los cruzados, ni a otros cristianos actuales, asesinando, quemando, violando o esclavizando a nadie en Asia, África o Europa. Si de una tacada asesinan a doscientas personas o incendian cinco iglesias coptas, bandadas de periodistas de por acá nos previenen de los peligros de la xenofobia, porque no todos los musulmanes son terroristas, aunque nadie pueda mostrar sino casos –por fortuna raros– aislados y bien condenados de acciones contra inmigrantes. Puestos a censurar el odio sólo recuerdan el de menor cuantía y gravedad.
Absténganse de opinar los familiares de  muertos en Madrid, Londres, París o Bruselas, las chicas sobadas o violadas en Colonia o los cristianos degollados por el Estado Islámico: aquí sólo hay sitio para los belgas del rey Leopoldo en el Congo de hace un siglo, los colonos franceses de Argelia o los jawagas de Egipto por las mismas fechas. ¿De verdad los políticos creen que Europa no despertará nunca y les pedirá cuentas?

Franco ya prohibió matar al Toro de la Vega hace 50 años.

© EFE Imagen de archivo de la celebración del Toro de la Vega en Tordesillas.

La Junta de Castilla y León ha aprobado un decreto ley que prohibe la muerte de reses de lidia durante la celebración de espectáculos taurinos. Se trata de una decisión que afecta directamente al Toro de la Vega, festividad que cada año tiene lugar en la localidad vallisoletana de Tordesillas y cuyos defensores y detractores se cuentan por miles.

El “Tradicional, Famoso y Único Torneo del Toro de la Vega”, más coloquialmente conocido como Toro de la Vega, se basa en el enfrentamiento entre un toro y varias personas a pie o a caballo que con lanzas tratan de abatir al toro hasta su muerte. Precisamente, este decreto evitará que el toro pueda morir “en presencia del público en los espectáculos taurinos populares y tradicionales”, según reza el texto que modificará el actual Reglamento de Espectáculos Taurinos.

Pese a este decisión aparentemente pionera, lo cierto es que durante la época franquista también se acordó prohibir la muerte del toro. Concretamente, en 1966 el Ministerio de la Gobernación limitó el festejo al desencierro del toro por las calles de Tordesillas. Las autoridades justificaron la decisión en base a que la celebración de “ciertos festejos populares” como el Toro de la Vega basados en el “innecesario sufrimiento para los animales desdicen de nuestro nivel cultural y ofrecen un pretexto para que se organicen campañas de descrédito contra España”.

Según revelan las hemerotecas de aquellos años, el rito pasó a llamarse “Fiesta Tradicional” y se saldó con la “decepción” de todos los aficionados. “Ya esto no es como antes. Dicen que no se puede matar porque el toro sufre mucho. ¿Y esas corridas en las que se les pincha una y otra vez?”, se puede leer en declaraciones de la época al diario regional ‘El Norte de Castilla’.

Finalmente, las presiones ejercidas por los sectores más tradicionales, los aficionados y algunas autoridades locales terminaron por revocar la decisión del Gobierno en 1970.

La polémica entorno a esta fiesta ha convertido al Toro de la Vega, desde hace años, en la caja de los truenos que ningún partido quiere abrir. Aunque durante la última campaña electoral el PSOE aseguró que no le “gustaba” la celebración, el alcalde socialista de Tordesillas no planteó ninguna medida para prohibirlo y tras conocerse la decisión de la Junta afirma que la recurrirá al ser “contraria a derecho”.

 

John F. Kennedy y su fascinación por Hitler.

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John F. Kennedy en 1939.

“Adolf Hitler estaba hecho de la pasta de la que están hechas las leyendas”. La afirmación no pertenece a ningún jerarca nazi del Tercer Reich, sino al ex presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy. Con frases como ésas, escritas en su diario y en cartas enviadas a sus amigos durante la juventud, el político demostró la fascinación que tenía en ese momento por las dictaduras europeas.

Un libro publicado hace tres años en Alemania recopila este tipo de apuntes dejados por un JFK veinteañero durante un largo viaje a Europa. Bajo el título “John Kennedy entre los alemanes. Diarios y cartas 1937-45”, Oliver Lubrich saca a la luz frases controvertidas del ex mandatario, deslumbrado por la Alemania de Hitler y la Italia de Benito Mussolini.

El autor recorre punzante las emociones políticas de Kennedy, que se asombraba por los cambios que se estaban registrando en el viejo continente. “Dormí mucho y con un Tour de American-Express llegué a Milán. Bella catedral, una de las más grandes del mundo. Leo a Gunther y llegué a la conclusión de que el fascismo es la cosa más justa para Alemania e Italia, el comunismo para Rusia y la democracia para los Estados Unidos de América”, afirma en una anotación del 3 de agosto de 1937.

Luego, durante una estadía en Munich, escribe: “No existe duda de que estos dictadores en sus países, gracias a sus eficaces propagandas, son más amados que afuera”. Y asegura que se siente un gran fanático de Hitler”.

Dos meses antes del comienzo de la II Guerra Mundial, el joven Kennedy asegura: “Mi viaje fue extraordinario. La única posibilidad de experimentar sobre lo que ocurrirá es viajar por todos estos países. Todavía no pienso en el hecho de que habrá guerra a causa de la oposición de Italia y de una serie de otras cosas”.

Ya en los días finales de la guerra, Kennedy se muestra apesadumbrado por cómo quedó Berlín. “Todo está destruido. No existe un edificio que no esté incendiado. En algunas calles el olor de los cadáveres es terrible”. Allí también se refiere al Führer: “Tuvo algo misterioso en su modo de vivir y en su modo de morir, que lo sobrevivirá y crecerá. Tenía la pasta de la que están hechas las leyendas”.

 

Stanley G. Payne: “Los españoles no conocen a Franco”

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Stanley Payne

El historiador norteamericano analiza en el libro “El camino al 18 de julio” los meses previos a la Guerra Civil con especial atención a la llegada al poder del Frente Popular. Unos meses decisivos. Y, sin embargo, “no hay interés en investigar lo que pasó” señala Javier Torres de  “Actuall ”.

Este año se conmemoran 80 años del inicio de la Guerra Civil. La sublevación del general Francisco Franco que dio pie a tres años de conflicto entre españoles hace tiempo que traspasó el debate entre historiadores para convertirse en munición con la que disparar a la trinchera política enemiga.

El mejor ejemplo ha sido la aprobación de la Ley de la Memoria Histórica, un intento de imponer una versión de la historia desde el poder político. A pesar de las pasiones que despierta, la Guerra Civil y la figura de Franco no son capítulos que los españoles conozcan en profundidad.

Así lo asegura el hispanista norteamericano, Stanley G. Payne, que analiza en El camino al 18 de julio (editorial Espasa) los meses previos a la guerra con especial atención a la llegada al poder del Frente Popular. Unos meses decisivos en la historia de España y que, sin embargo, “no hay interés en investigar lo que pasó”.

¿Por qué en gran parte de los círculos académicos y políticos de la izquierda se sigue manteniendo que el levantamiento del 18 de julio de 1936 fue contra un gobierno legítimo y democrático?                                                                                   

Porque no hay interés en investigar exactamente lo que pasó en España durante los seis primeros meses y medio de 1936, puesto que se acuñó la interpretación oficial durante la Guerra Civil, y la actitud guerracivilista o se mantenía, o hacia el fin del siglo XX se volvía, entre las izquierdas. En la medida que se admite la historia, tiene que ser restringida o manipulada para caber o cuajarse dentro de estos moldes. La verdad es irrelevante comparada con la insistencia en tratar de mantener un sentido de privilegio, de hiperlegitimidad.

¿Se hubiera sublevado Franco sin el asesinato de José Calvo Sotelo?                                                                     

No se puede demostrar de modo convincente una propuesta contrafactual, pero es cierto que no lo hubiera hecho al menos en esa fecha misma. De otro modo, todo habría dependido del desenvolvimiento de las circunstancias.

¿A qué sería hoy equivalente el asesinato de Calvo Sotelo?     

No hay ninguna comparación aprovechable, porque entonces existía una gran polarización totalmente crispada, y había muchos centenares de miles de personas ya psicológica y emocionalmente movilizadas. Puesto que estas condiciones generales no existen, no puede haber acontecimiento equivalente.

“La de España de hoy se parece a la del Frente Popular en el deseo de la extrema izquierda y los nacionalistas de romper la estructura constitucional y de crear un régimen diferente”

¿En qué se parece la España del Frente Popular a la de hoy?   

En el deseo de la extrema izquierda y los nacionalistas de romper la estructura constitucional y de crear un régimen diferente. Pero todo el andamiaje ideológico es muy diferente, y ahora falta el terrorismo, que ha sido abandonado a los yihadistas.

¿Qué hace imposible hoy que pueda volver a producirse una Guerra Civil en España?                             

Hay muy poca motivación de violencia y, como digo, no hay violencia dentro del mundo político actual. En 1936 había muchísima movilización crispada, y masiva acción directa por las izquierdas. Ahora mismo los votantes de izquierda, etc., son mucho más pasivos. La acción directa es de un modo muy secundario.

¿Hubiera soportado otra nación el mismo tiempo que soportó España -asesinatos políticos, revoluciones, huelgas, declaraciones de independencia- antes de llegar al levantamiento militar?

No, no conozco a ninguno. España es diferente. Los norteamericanos, por ejemplo, son mucho más crispables, y han sido los portaestandartes de la democracia. ‘El español es paciente’, como decía Franco.

 

“No sólo se desconoce a Franco, sino cualquier aspecto de la Historia: una directora de la Biblioteca Nacional dijo que hasta 1978 España sólo había conocido ‘tiranías y monarquías absolutas’”

¿Cree que los españoles que nacieron después 1978 desconocen la figura de Franco y su obra política?                                                                                             

Claro que sí. Pero no es una cuestión meramente de Franco. Desconocen cualquier aspecto importante de la historia. Y no es meramente los jóvenes. Hace pocos años, una directora de la Biblioteca Nacional había dicho que antes de 1978 España no había conocido más que ‘tiranías y monarquías absolutas’. Lo de Franco puede ser lo de menos.

¿Qué opinión le merece la Ley de la Memoria Histórica?     

En un lado, refleja la tendencia general del progresismo multiculturalista occidental de querer inculpar a la historia como atrasada y meramente obra de perpetradores que abusan de víctimas, a quienes se puede reivindicar para sacar ventaja política. Eso pasa en todas partes.

¿Persigue la verdad histórica o el revanchismo?            

Lo que es específico en el caso de España es el deseo de utilizar argumentos sacados supuestamente de la historia como armas electorales, rompiéndose con las normas de la Transición, cuyos participantes consignaron la historia a los historiadores. El primero en utilizar supuestos argumentos de la historia reciente fue González en 1993, temeroso de perder las elecciones. Luego con la hegemonía breve de Aznar, se plasmó en un movimiento para esgrimir contra el PP y así confirmar la permanencia de las izquierdas en el poder.

(Entrevista realizada a: Stanley G. Payne)

 

Cuarenta “perroflautas”agreden a dos legionarios.

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Imagen de otros “antisistema” haciendo lo que les sale de la flauta, y como esta miles.

A las 19:30 había una reunión coloquio que iba a realizar Arnaldo Otegui en la Fabra i Coats donde iba a realizar un debate sobre soberanismo organizado por el Centro Internacional Escarré por las minorías étnicas y las naciones (CIEMEN) en la fábrica de creación Fabra y Coats, es por ello que varias asociaciones han convocado una manifestación para protestar por la presencia del terrorista.

Las entidades habían quedado a las 19:00 en la Plaza Orfila para después desplazarse hasta la entrada de la Fabra i Coats y protestar enérgicamente contra la presencia del susodicho.

Un grupo de 150 proetarras afines a la CUP se han organizado para ir a la caza de cualquier patriota que fuese solo o en inferioridad numérica para agredirles e intimidarles, como suelen hacer este tipo de gentuza. Los agresores se han repartido por varias zonas de acceso a la Plaza Orfila divididos en grupos de entre 30 y 40 ultraizquierdistas, armados con piedras y palos, con el fin de poder reconocer a algún patriota que fuera a la manifestación y poderle agredir impunemente.

Uno de los grupos ha localizado a dos legionarios de la Hermandad de Barcelona y les han ido a buscar con la intención de agredirles, los dos legionarios se han defendido ferozmente ante la avalancha hiriendo a varios de ellos pero ante la superioridad numérica se han visto desbordados y han acabado siendo agredidos brutalmente. Los dos legionarios han sido evacuados al hospital heridos de diversa consideración.

Finalmente la manifestación se ha tenido que suspender debido a que los 150 ultraizquierdistas estaban descontrolados y los Mossos d’Esquadra no “podían” garantizar la seguridad del acto por lo que los manifestantes han tenido que abandonar la plaza escoltados bajo fuertes medidas de seguridad.

Cuando sepamos más ampliaremos la información.

El capitalismo según (Groucho) Marx.

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Julius Henry Marx, más conocido como Groucho Marx (Nueva York, 2 de octubre de 1890-Los Ángeles, 19 de agosto de 1977)

 

Una de las mejores lecciones sobre economía, finanzas y Bolsa se la debemos a Marx, de nombre Groucho, el actor que vivió en carne propia la euforia y la desesperación de la crisis de 1929.

Muy pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado mercado de valores. Lo conocería por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir que yo era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor.
No tenía asesor financiero ¿Quién lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor. Mi sueldo semanal era de unos dos mil, pero esto era calderilla en comparación con la pasta que ganaba teóricamente en Wall Street.
Disfrutaba trabajando en la revista pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores. Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue eran corrientes en aquellos días.
Subí a un ascensor del hotel Copley Plaza, en Boston. El ascensorista me reconoció y dijo: – Hace un ratito han subido dos individuos, señor Marx, ¿sabe? Peces gordos, de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles en las solapas. Hablaban del mercado de valores y, créame, amigo, tenían aspecto de saber lo que decían. No se han figurado que yo estaba escuchándoles, pero cuando manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. ¡No voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos decía al otro: “Ponga todo el dinero que pueda obtener en United Corporation” […] Le di cinco dólares y corrí hacia la habitación de Harpo. Le informé inmediatamente acerca de esta mina de oro en potencia con que me había tropezado en el ascensor. Harpo acababa de desayunar y todavía iba en batín. -En el vestíbulo de este hotel están las oficinas de un agente de Bolsa -dijo-. Espera a que me vista y correremos a comprar estas acciones antes de que se esparza la noticia. -Harpo -dije-, ¿estás loco? ¡Si esperamos hasta que te hayas vestido, estas acciones pueden subir diez enteros!
De modo que con mis ropas de calle y Harpo con su batín, corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de United Corporation por valor de ciento sesenta mil dólares, con una garantía del veinticinco por ciento.
Para los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y que no estén familiarizados con Wall Street, permítanme explicar lo que significa esa garantía del veinticinco por ciento. Por ejemplo, si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil. El resto se le quedaba a deber al agente. Era como robar dinero.
El miércoles por la tarde, en Broadway, Chico encontró a un habitual de Wall Street, quien le dijo en un susurro: -Chico, ahora vengo de Wall Street y allí no se habla de otra cosa que del Cobre Anaconda. Se vende a ciento treinta y ocho dólares la acción y se rumorea que llegará hasta los quinientos. ¡Cómpralas antes de que sea demasiado tarde! Lo sé de muy buena tinta. Chico corrió inmediatamente hacia el teatro, con la noticia de esta oportunidad. Era una función de tarde y retrasamos treinta minutos el alzamiento del telón hasta que nuestro agente nos aseguró que habíamos tenido la fortuna de conseguir seiscientas acciones. ¡Estábamos entusiasmados! Chico, Harpo y yo éramos cada uno propietarios de doscientas acciones de estos valores que rezumaban oro. El agente incluso nos felicitó. Dijo: – No ocurre a menudo que alguien entre con tan buen pie en una Compañía como la Anaconda.
El mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos de gira, Max Gordon, el productor teatral, solía ponerme una conferencia telefónica cada mañana desde Nueva York, sólo para informarme de la cotización del mercado y de sus predicciones para el día. Dichos augurios nunca variaban. Siempre eran “arriba, arriba, arriba”.
Hasta entonces yo no había imaginado que uno pudiera hacerse rico sin trabajar.
Max me llamó una mañana y me aconsejó que comprara unos valores llamados Auburn. Eran de una compañía de automóviles, ahora inexistente. -Marx -dijo- es una gran oportunidad. Pegará más saltos que un canguro. Cómpralo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Luego añadió: -¿Por qué no abandonas el teatro y olvidas esos miserables dos mil semanales que ganas? Son calderilla. Tal como manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente de valores, que los que puedes obtener haciendo ocho representaciones semanales en Broadway.
–Max -contesté-, no hay duda de que tu consejo es sensacional. Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con Kaufman, Ryskind, Irving Berlin y con mi productor Sam Harris. Los que por entonces no sabía era que Kaufman, Ruskind, Berlin y Harris también compraban a crédito y que, finalmente, iban a ser aniquilados por sus asesores financieros. Sin embargo, por consejo de Max, llamé inmediatamente a mi agente y le instruí para que me comprara quinientas acciones de la Auburn Motor Company.
Pocas semanas más tarde, me encontraba paseando por los terrenos de un club de campo, con el señor Gordon […] El día anterior, las Auburn habían pegado un salto de treinta y ocho enteros. Me volví hacia mi compañero de golf y dije: -Max, ¿cuanto tiempo durará esto? Max repuso, utilizando una frase de Al Jolson. -Hermano, ¡todavía no has visto nada!
Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar.
Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente acerca de este fenómeno especulativo. – No sé gran cosa sobre Wall Street – empecé a decir en son de disculpa- pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debiera haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones? Por encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa de entrar en su despacho y dijo: – Señor Marx, tiene mucho que aprender acerrca del mercado de valores. Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría para llenar un libro.
— Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aquí en busca de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos. Y ahora ¿qué estaba usted diciendo?
Adecuadamente castigado y amansado, respondió: – Señor Marx, tal vez no se dé cuenta, pero éste ha cesado de ser un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial. Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa, de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana hemos recibido de la India un encargo para comprar mil acciones de Tuberías Crane.
Con cierto cansancio pregunté: -¿Cree que es una buena compra? -No hay otra mejor -me contestó-. Si hay algo que todos hemos de usar son las tuberías. (Se me ocurrieron otras cuantas cosas más, pero no estaba seguro de que apareciesen en las listas de cotizaciones.) -Eso es ridículo -dije-. Tengo varios amigos pieles rojas en Dakota del Sur y no utilizan las tuberías. -Solté una carcajada para celebrar mi salida, pero él permaneció muy serio, de modo que proseguí-. ¿Dice usted que desde la India le envían órdenes de compra de Tuberías Crane? Si en la lejana India piden tuberías, deben de saber algo sensacional. Apúnteme para doscientas acciones; no, mejor aún, que sean trescientas.
Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás primos, era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba doblar su valor en pocos meses. En los periódicos actuales leo con frecuencia artículos relativos a espectadores que se quejan de haber pagado hasta un centenar de dólares por dos entradas para ver My Fair Lady (Personalmente opino que vale esos dólares.) Bueno, una vez pague treinta y ocho mil por ver a Eddie Cantor en el Palace.
[…] Cantor era vecino mío en Great Neek. Como era viejo amigo suyo cuando terminó la representación fui a verle en su camerino. […] Encanto -dijoCantor-, ¿qué te ha parecido mi espectáculo? Miré hacia atrás, suponiendo que habría entrado alguna muchacha. Desdichadamente no era así, y comprendí que se dirigía a mí. Eddie, cariño – contesté con entusiasmo verdadero-, ¡has estado soberbio! Me disponía a lanzarle unos cuantos piropos más cuando me miró afectuosamente con aquellos ojos grandes y brillantes, apoyó las manos en mis hombros y dijo: -Precioso, ¿tienes algunas Goldman Sachs? -Dulzura -respondí (a este juego pueden jugar dos)-, no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar de ellas ¿Qué es Goldman Sachs? ¿Una marca de harinas? Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia mí.
Por un momento pensé que iba a besarme. -¡No me digas que nunca has oído hablar de las Goldman Sachs! -exclamó incrédulamente-. Es la compañía de inversiones más sensacional de todo el mercado de valores.
Luego consultó su reloj y dijo: -Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya cerrada. Pero, mañana por la mañana, nene, lo primero que tienes que hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu agente para comprar doscientas acciones de Goldman Sachs. Creo que hoy ha cerrado a 156… ¡y a 156 es un robo! Luego Eddie me palmoteó una mejilla, yo le palmoteé la suya y nos separamos. ¡Amigo! ¡Qué contento estaba de haber ido a ver a Cantor a su camerino! Figurese, si no llego a ir aquella tarde al Teatro Palace, no hubiese tenido aquella confidencia.
A la mañana siguiente, antes del desayuno, corrí al despacho del agente en el momento en que se abría la Bolsa. Aflojé el veinticinco por ciento de treinta y ocho mil dólares y me convertí en afortunado propietario de doscientas acciones de la Goldman Sachs, la mejor compañía de inversiones de América.
Entonces empecé a pasarme las mañanas instalado en el despacho de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara temprano, ni siquiera me era posible entrar. Muchas de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría de los teatros de Broadway. Parecía que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado de valores. La mayoría de las conversaciones se limitaban a la cantidad que tal y tal valor habían subido la semana pasada, o cosas similares. El fontanero, el carnicero, el panadero, el hombre del hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios -y en muchos casos sus ahorros de toda la vida- en Wall Street.
Ocasionalmente, el mercado flaqueaba, pero muy pronto se liberaba la resistencia que ofrecían los prudentes y sensatos, y proseguía su continua ascensión. De vez en cuando algún profeta financiero publicaba un artículo sombrío advirtiendo al público que los precios no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas si nadie prestaba atención a estos conservadores tontos y a sus palabras idiotas de cautela.
Incluso Barney Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo su frase exacta, pero venía a ser así: “Cuando el mercado de valores se convierte en noticia de primera página, ha sonado la hora de retirarse.” Yo no estaba presente cuando la Fiebre del Oro del cuarenta y nueve. Me refiero a 1849. Pero imagino que esa fiebre fue muy parecida a la que ahora infectaba al todo el país.
El presidente Hoover estaba pescando y el resto del gobierno federal parecía completamente ajeno a lo que sucedía. No estoy seguro de que hubiesen conseguido algo aunque lo hubieran intentado, pero en todo caso el mercado se deslizó alegremente hacia su perdición.
Un día concreto, el mercado comenzó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos fueron presos del pánico y empezaron a descargarse. Eso ocurrió hace casi treinta años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe que caía sobre nosotros, pero así como al principio del auge todo el mundo quería comprar, al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores que por entonces solo tenían el nombre de tales. Luego el pánico alcanzó a los agentes de Bolsa, quienes empezaron a chillar reclamando garantías adicionales. Esta era una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero en el Banco. Para evitar que vendieran mi papel empecé a firmar cheques febrilmente para cubrir las garantías que desaparecían rápidamente. Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y sencillamente se derrumbó.
Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. […] Todo lo que dijo fue: “¡la broma ha terminado!” Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo…se suicidó.
En toda la bazofia escrita por los analistas del mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas palabras lo dijo todo.
Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, prefiere la compañía. Si mi agente hubiese empezado a vender mis acciones cuando empezaron a tambalearse, hubiese salvado una verdadera fortuna. Pero como no me era posible imaginar que pudiesen bajar más, empecé a pedir prestado dinero del Banco para cubrir las garantías.
Las acciones de Cobre Anaconda se fundieron como las nieves del Kilimanjaro (no creais que no he leído a Hemingway), y finalmente se estabilizaron a 2 7/8. La confidencia del ascensorista de Boston respecto a United Corporation se saldó a 3,50. Las habíamos comprado a 60. La función de Cantor en el Palace fue magnífica ¿Goldman-Sachs a 156 dólares? Cuando la máxima depresión del mercado, podía comprárselas a un dólar por acción. El ir al desahucio financiero no constituyó una pérdida total. A cambio de mis doscientos cuarenta mil dólares obtuve un insomnio galopante, y en mi círculo social el desvelamiento empezó a sustituir al mercado de valores como principal tema de conversación…”.