El photoshop separatista

La mentira tiene las patas cortas. Ahí está para probarlo ese España nos roba que tan tenazmente han empleado los separatistas catalanes para dar un paso más en la agitación del odio contra España en el que se fundamenta buena parte de su éxito electoral. Porque, además de los datos contables que lo desmienten, los catalanes acaban de darse de bruces con la evidencia de que quienes les han estado robando durante décadas no han sido los malvados españoles, sino sus honorables gobernantes autonómicos.

Pero mucho más importante, en cantidad y calidad, que este latrocinio institucional cuyo desvelamiento ha comenzado ahora a producir efectos, ha sido la campaña de falsificación histórica con la que, no ya desde la llegada del nacionalismo al poder en 1980, sino desde su aparición a finales del siglo XIX, se ha envenenado a los catalanes desde el parvulario hasta el asilo pasando por la parroquia, los estadios, la prensa y la televisión.

Sus manifestaciones son variadas y han impregnado astutamente desde los ámbitos más eruditos hasta los más vulgares. Sobre ello se han escrito muchas páginas que lamentablemente siempre tendrán menor alcance que los eslóganes que con insistencia admirable se emiten desde las terminales mediáticas del nacionalismo en el poder, es decir, desde prácticamente todos los medios de comunicación en Cataluña.

Pero también la imagen cumple su función en la llamada construcción nacional, y además con la doble ventaja de entrar directamente en el cerebro, sin necesidad de argumentación, y de llegar hasta el más analfabeto. Por supuesto, tan sencilla y rentable técnica ha sido utilizada por los separatistas siempre que han tenido ocasión.

Un ejemplo reciente es el protagonizado por el ayuntamiento de Reus, que está celebrando este año el bicentenario del nacimiento del egregio reusense Juan Prim. Entre otras iniciativas, ha editado un cartel anunciador que tiene como fondo un fragmento del cuadro que el pintor gerundense Francisco Sans Cabot dedicó a la batalla de Tetuán. La manipulación consiste en la oportuna eliminación de la bandera rojigualda que evidenciaría hasta al más desinformado la causa por la que lucharon en la guerra de Marruecos tanto el general Prim como los voluntarios catalanes tocados con sus rojas barretinas.

 
 El fenómeno, sin embargo, está lejos de ser una novedad. Por ejemplo, en 1998 la Entitat Autònoma del Diari Oficial i de Publicacionsde la Generalidad de Cataluña editó un libro titulado La resposta catalana a la crisis i la perdua colonial de 1898 en cuya portada aparecían unos soldados catalanes embarcando en el muelle barcelonés. Se trataba de un detalle del fresco del pintor barcelonés Eduardo Llorens Masdeu sobre el embarque de los voluntarios catalanes para la guerra de Cuba en 1869 que se puede contemplar en el palacio de Sobrellano en Comillas. El motivo de su presencia en la provincia de Cantabria fue la puesta a disposición del gobierno español de los buques de su Compañía Transatlántica por parte de Antonio López, naviero comillano afincado en Barcelona, metrópoli colonial de la España decimonónica.

 

La Diputación de Barcelona hizo un llamamiento a los jóvenes catalanes de entre veinte y cuarenta años para que se alistaran en un batallón que “sustente y afiance el dominio de nuestro glorioso pendón en las posesiones españolas de América”. La afluencia de dinero y soldados superó las previsiones, lo que hizo que el batallón de voluntarios catalanes formado gracias a la colaboración de todas las entidades públicas y privadas de Cataluña fuera el primero de toda España en salir hacia Cuba. La despedida de las tropas, arropadas por una enfervorizada multitud, tocadas con barretinas y enarbolando la bandera nacional, fue inmortalizada por varios pintores catalanes como Padró y Pedret y el mencionado Llorens Masdeu. La manipulación de la Generalidad consistió, una vez más, en eliminar la inoportuna bandera que tan mal encaja en el relato según el cual España ha sido la perpetua enemiga de Cataluña.

 
Lo mismo ha sucedido con el sitio de Gerona. El pintor decimonónico que más obras dedicó a la Guerra de la Independencia fue el barcelonés Ramón Martí Alsina, centradas sobre todo en los principales hechos de dicha guerra en Cataluña, en concreto la batalla del Bruch y el sitio de Gerona. El más importante fue El gran día de Gerona o Los defensores de Gerona, enorme lienzo que de momento se puede seguir contemplando en el antiguo Hospital de Santa Catalina, actual sede de la Generalidad en Gerona. En él se muestra a los sitiados dirigidos por el general Álvarez de Castro enarbolando la bandera rojigualda y la negra del Tercio de Migueletes.

Pues bien, dos siglos después, en 2008, la Dirección General de Turismo de la Generalidad editó una Guía de los escenarios de la Guerra del Francés en Cataluña en la que se ilustró el sitio de Gerona con una curiosa viñeta: dada la inaceptabilidad de que los catalanes de anteriores generaciones lucharan y murieran en defensa de España, se adultera la historia para que los defensores de Gerona enarbolen, con efectos retroactivos, la bandera nacionalistamente correcta: la señera.

 Efectivamente, la mentira tiene las patas cortas. Pero suele correr más que la verdad, sobre todo cuando no hay nadie que la denuncie.

 

El Diario Montañés, 13 de agosto de 2014

 

(PS: Un par de años después de publicar este artículo me entero de que el cuadro de Sans Cabot está colgado desde hace poco en el palacio de Capitanía del paseo de Colón, a donde ha ido a parar por haber sido donado a perpetuidad por el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC). Está claro que sus directivos han estimado peligroso que los visitantes de dicho museo contemplen una escena en la que soldados catalanes luchan por la nación representada por la bandera rojigualda. Quizá pudiera provocar preguntas incómodas. Por eso lo han apartado de la vista del público y se lo han regalado a los militares.

Por otro lado, en abril de 2016 la editorial Efados ha publicado Temps d’herois, novela histórica de Gerard Bussot sobre el sitio de Gerona de 1809. Del contenido nada sé, tanto desde el punto de vista de la calidad literaria como desde el de la fidelidad histórica, pero parece significativo el detalle de que la bandera que aparece en la portada sea, una vez más, la señera, disparate de gran magnitud).

 

 

 

 

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