Posteuropeo

mapa-edad-mediaMe preguntaba un amigo de Chile sobre el término “posteuropeo”, expuesto por mí en una entrevista hace algún tiempo. Me decía a su vez, que habiendo en la historia una etapa preeuropea de nuestros pueblos, no sería raro que existiera también una etapa posteuropea.

Creo que mi amigo tiene razón; por lo tanto voy a precisar un poco la idea.

Mi intención no es meterme en temas y disciplinas que no manejo con soltura, tales como historia, antropología, arqueología, filología, etc. Para eso hay mucha gente mal paga u olvidada a la que debemos honrar.

No; mi pretensión al manifestar la idea de post europeo fue mucho más humilde e inmediata, política y culturalmente muy simple. En el gran ciclo indoeuropeo, somos sólo un punto. Europa es importante pero no es eterna, porque nada hay eterno bajo el sol y nuestra idea de permanencia en todo caso, debe estar referida no tanto a un espacio geográfico, sino a algún tipo de continuidad superior.

Me es más fácil expresar la idea mediante la poesía, que es como se expresaba en un principio, desde hace milenios, mediante el valor del símbolo. Haber perdido la comprensión de los símbolos es una de las formas más graves de la decadencia.

En grandes períodos de tiempo lo válido no es una geografía, sino un espíritu transmitido de generación en generación, mientras la genética y la cultura todavía existan.

No hay nada más negativo que aferrarse a la inmovilidad, porque la inmovilidad es decadencia, materialismo, impotencia, destrucción progresiva, progresivo desamor por lo que es de las alturas, por el proceso natural de supervivencia. Lo primero que no es inmóvil se llama política. Nuestra esencia profunda es el movimiento, que es lo que nos ha permitido justamente mantener viva nuestra esencia, seguir teniendo una identidad en lo profundo aunque los espacios varíen.

No puedo darle a la idea de lo “post europeo” la dimensión integral que otros podrían darle, aportando desde sus múltiples disciplinas de estudio. Sin embargo está claro que si Europa muriera (cosa muy posible a estas alturas) nuestra migración no se detendría. Siempre fue así, al menos desde mi punto de vista, condicionado –es cierto- por la experiencia personal, por mi propia migración, por mi proveniencia de un gran viaje iniciático: el de mis antepasados.

Los rusos, sub humanos para algunos nazis de percepción nula, son hoy los salvadores de la raza blanca, una extraña paradoja no tan extraña. Las ideologías suelen ser un problema para la supervivencia de un pueblo. El desprecio por los descendientes de europeos emigrados, también acelera la muerte de lo que queda de Europa, como criollo lo digo. La sangre y el espíritu superan siempre a los espacios geográficos.

No soy un intelectual ni siquiera un estudioso, eso no quiere decir que no comprenda, que no intuya y eventualmente que no acierte a ver ciertas cosas, que los estudiosos y los intelectuales no quieren o no pueden ver.  Nosotros pertenecemos a los grandes espacios, donde el espíritu retoma su dimensión, donde se recicla la sangre y el hombre muta hacia puntos de fuga que están en la eternidad del tiempo. El alma rusa es lo mismo. El viaje al corazón de la tierra puede hacerse por tierra o por mar, porque el onphalos  se construye desde el espíritu, desde la sucesiva migración pre europea y también post europea.

Me refería a lo post europeo, como un modo de preservar la herencia de Europa. Porque no nos hundiremos con Europa. Debemos sobrevivir. Ya lo hicimos muchas veces. Es la ley de los ciclos. No debemos insistir en caer con los derrotados; aunque ellos sean una parte nuestra inescindible debemos continuar nuestro camino, como un modo de que ellos también sobrevivan. Aunque nunca se sabe el resultado final de una lucha, mientras todavía se combate.

Ahora sé que nosotros no debemos volver, sino que nuestra mejor gente debe sobrevivir, hasta emigrando llegado el caso desde Europa hacia los grandes espacios, que nos vieron renacer ya muchas veces.  Nuestra historia es varias veces milenaria y no nació en Europa. Europa simboliza un cenit pero también una decadencia, con la aceptación definitiva de la linealidad histórica cristiana, liberal o marxista (muy parecidas en suma)

Es muy difícil comprender los grandes espacios con un criterio de aldea. Detenerse es morir, al fraccionar infinitamente lo que debe unirse con gran amplitud. Post europeo significa eso: sobrevivir, impulsar el ciclo hacia un sitio seguro, donde nuestra fuerza resurja.  Y esto no significa negar a Europa, sino salvarla como un eslabón de oro en una cadena varias veces milenaria.

Para que lo que queda de Europa pueda salvarse, necesita salir de las aldeas y del eurocentrismo. La Europa eterna no es un estrecho eurocentrismo, sino un renovado concepto de Europa. Porque Europa ya demográficamente casi no existe y necesita ampliar su consciencia, vincularse a su atávico antes y a su eterno después, para salvar lo todavía salvable. Lo quieto se congela y finalmente se hunde.

En el proceso de concentración de poder mundial, lo identitario también adquiere dimensiones globales. Somos como un prisma, como un diamante cuyas facetas están unidas en un núcleo.  Y en ese núcleo hay un sol, que es un sol negro, cósmico, inalcanzable desde la pequeñez de un momento histórico breve y desde una geografía siempre transitoria.

Las políticas identitarias deberían desplegarse de un modo global, articulándose en torno a nuestras posibilidades totales de supervivencia.

Deseo que se salve Europa. De hecho he trabajado por ello más que cualquier europeo medio. Sin embargo soy post europeo por tiempo y geografía. O al menos mi idea de Europa es la de un eslabón en la cadena.

No soy occidental. No sé qué es Occidente. Durante milenios no hubo un Occidente y no lo habrá en el futuro. No se puede comprenderlo cotidiano desde lo cotidiano, sino desde un contexto mucho más elevado. Para eso no basta ser estudioso, hay que ser además creativo y asumir una percepción más allá de lo pequeño.

JUAN PABLO VITALI

 

 

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Corrección callejera

Marquis_de_Ensenada.jpgParece ser que, además de los recuerdos franquistas, hay quienes pretenden borrar de las calles de Madrid al marqués de la Ensenadapor las medidas antigitanas que adoptó en su época de ministro de Fernando VI. En concreto se le acusa de haber preparado en 1749 el genocidio de los gitanos españoles, lo que no es exacto porque, si bien con medidas ciertamente expeditivas, no pretendió su exterminio sino su sedentarización forzosa para acabar con su conflictivo vagabundeo, objetivo perseguido infructuosamente por los monarcas españoles ya desde tiempos de Isabel y Fernando. Si se hubiera decretado su eliminación física no habría quedado uno para contarlo.

Orwell habría disfrutado del espectáculo de unos españoles entretenidos en la mezquina tarea de eliminar no sólo los vestigios del pasado que no encajen con eso que se ha dado en llamar memoria histórica –lo que no es más que una alzheimerización selectiva–, sino también los personajes de otros siglos cuyas vidas y obras no obedezcan a la corrección política decretada en nuestros tolerantes días.

En cuanto a la aburridísima neurosis antifranquista, que con tanta gallardía padecen nuestros próceres cuarenta años después de muerto el Innombrable, en España hay barrios enteros –y embalses y escuelas y hospitales y todo tipo de obras públicas– que fueron construidos durante la oprobiosa y, obviamente, bautizados en aquel momento, por lo que no se comprende bien la legitimidad para eliminar sus nombres o inscripciones conmemorativas. Un ejemplo curioso es el de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, cuyo magnífico edificio de la calle Jorge Juan cumplió cincuenta años el pasado 2014 previa eliminación de la inscripción en latín que recordaba en el patio de entrada el acto inaugural presidido por el impronunciable personaje que ejercía de Jefe del Estado en aquellos días. Y lo mismo le ha sucedido a la placa del Hospital 12 de Octubre, igualmente inaugurado en 1973 por el Señor Oscuro, cuyo nombre, en la lengua de Mordor, no pronunciaré aquí.

Pero la eliminación del pasado inconveniente no se limita a las calles y a lo establecido por las leyes, puesto que las normas no escritas –es decir, las modas ideológicas– afectan de manera mucho más intensa a los hechos y palabras de los ciudadanos. ¿Recuerdan el escándalo que se organizó hace unos meses cuando a un futbolista extranjero se le ocurrió mostrarse ante las cámaras con una camiseta en la que aparecía una imagen del infame inaugurador inexistente? Curiosamente Lenin, Stalin o el Che, admirados filántropos, no provocan el escándalo de nadie.

Pero, regresando a la totalitaria pretensión de eliminar del recuerdo a las personas cuyos hechos pequen con efectos retroactivos contra los mandamientos de laSanta Iglesia de la Corrección Política, tras el marqués de la Ensenada, eliminable para no ofender a los gitanos, habría que continuar con las muchas calles que por toda España recuerdan a Cristóbal Colón, Hernán Cortes y Francisco Pizarro para no ofender a los amerindios. Y a Fernando III y Alfonso X para no ofender a los moros. Y a los Reyes Católicos para no ofender a los judíos. Y a Daoiz y Velarde para no ofender a los franceses. Y a Blas de Lezo para no ofender a los ingleses. Y a Álvaro de Bazán para no ofender a los turcos. Y a Carlos III, Isabel II o Alfonso XIII para no ofender a los republicanos. Y a Castelar y Salmerón para no ofender a los monárquicos. Y a Espartero para no ofender a los carlistas. Y a Zumalacárregui para no ofender a los liberales. Y a Quevedo para no ofender a los homosexuales. Y toda mención a vírgenes o santos para no ofender a los ateos. Y a Sabino Arana para no ofender a la inteligencia. Y a Felipe V para no ofender a los gilipollas.

La mejor solución para contentar a todos sería eliminar los nombres de persona y sustituirlos con animales, vegetales y minerales. O con números, como los yanquis. Y así, imposibilitadas las discusiones bizantinas, nuestros ilustradísimos políticos podrían empezar a ocuparse de cosas prácticas.

Jesús Lainz

Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada (17071781), fue un estadista y político ilustrado español. Llegó a ocupar los cargos de secretario de Hacienda, Guerra y Marina e Indias. Asimismo, fue nombrado sucesivamente superintendente general de Rentas, lugarteniente general del Almirantazgo, secretario de Estado, notario de los reinos de España y Caballero del Toisón de Oro y de la Orden de Malta. Fue consejero de Estado durante tres reinados, los de Felipe V, Fernando VI y Carlos III.
Nació en Hervías o Alesanco, ambas en la actual comunidad autónoma de La Rioja (España), probablemente el 20 de abril (día de san Zenón) de 1707, y murió en Medina del Campo, actualmente en la provincia de Valladolid (España), el 2 de diciembre de 1781.