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Los nuevos bárbaros ya están en casa.

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El bueno de José Jiménez Lozano recoge en sus Impresiones provinciales el repugnante hecho sucedido en Sevilla hace un par de años, cuando los jóvenes botelloneros concentrados en las inmediaciones de una residencia de ancianos se lo pasaron bomba insultando y golpeando a los familiares de un anciano recién fallecido y otros acompañantes del cortejo fúnebre. El suceso le ha servido a dicho autor para subrayar que “éstos son los indeseables pero seguros efectos no sólo de la educación escolar de estos años, sino del descenso intelectual, moral, y del gran aumento de la degradación humana que ha experimentado el país”, lo que ha resumido en la acertada expresión “derribo de la civilidad”.

Estas últimas palabras recordaron a este humilde escribidor, cinéfilo de tercera regional, al autoritario catedrático interpretado por Albert Finney en The Browning Version preguntándose:

¿Cómo vamos a modelar seres humanos civilizados si ya no creemos en la civilización?

Efectivamente, ésta es una de las claves del Occidente de nuestros días: ¡tanto que ha presumido durante largos siglos, en algunas ocasiones con toda la razón y en algunas otras algo menos, de encarnar la civilización frente a la barbarie dominante en el resto del planeta, para llegar a estos crepusculares tiempos en los que su mayor afición es su propia denigración!

Ya no nos hacen falta los bárbaros de fuera. Los hunos pueden ahorrarse el trabajo de asaltar las puertas carcomidas de un Imperio antaño viril y hoy mantecoso. A los hunos hoy los tenemos dentro: somos nosotros mismos, especialmente nuestros jóvenes educados en el rechazo a todo esfuerzo, excelencia y autoridad. Porque la que cuenta Jiménez Lozano es tan solo una del millón de anécdotas que retratan el salvajismo de una juventud salida de las aulas diseñadas por unos pedagogos y políticos progresistas que nunca pagarán por sus culpas.

Pero las hordas juveniles no están solas. Otra anécdota entre un millón: a finales del pasado mes de julio las olas depositaron un fardo de hachís en una playa malagueña. El socorrista que lo recogió y avisó a la policía fue agredido por una horda de bañistas que se abalanzaron sobre el fardo para hacerse con la droga. Edificante espectáculo de quienes, sin duda, despotrican todos los días contra la corrupción de los políticos. Éste es el pueblo español. Es evidente que no se puede generalizar, pero cabría preguntarse hasta qué punto pesan las excepciones.

Al elemento humano hay que añadir el ideológico, pues la disolución general no se podría explicar sin constatar el hecho de que a nuestros modernos salvajes, jóvenes y viejos, les acompañan las opciones políticas caracterizadas por el rechazo a las sociedades occidentales en las que les ha tocado vivir. La frustración personal como móvil político, el rencor universal, la violencia apenas soterrada, la incapacidad de crear, el placer por disolver, el odio hacia todo y hacia todos están espléndidamente representados por esa neoizquierda engendrada por la Logse y otras medidas socialistas de ingeniería social de largo alcance. Aunque tampoco es cosa de concederles la satisfacción de hacerles sentir especialmente originales, pues el asunto ya es viejo en eso que llamamos izquierda. Un sólo ejemplo: en 1925, en una conferencia en la madrileña Residencia de Estudiantes, el eximio comunista francés Louis Aragon declaró que su intención era “destruir esta civilización”:

¡Mundo occidental, estás condenado a muerte! Nosotros somos los derrotistas de Europa. Poneos en guardia, o, mejor aún, reíd mientras podáis. Nosotros pactaremos con todos vuestros enemigos (…) Sembraremos por doquier los gérmenes de la confusión y el malestar (…) Somos los que siempre daremos la mano al enemigo.

Nuestro olvidado José Cadalso ya nos advirtió hace tres siglos que para detener la irrupción de los bárbaros no es suficiente obstáculo el número de ciudades fortificadas:

Si reinan el lujo, la desidia y otros vicios fruto de la relajación de las costumbres, éstos sin duda abrirán las puertas de las ciudadelas. La mejor fortaleza, la más segura, la única invencible, es la que consiste en los corazones de los hombres, no en lo alto de los muros ni en lo profundo de los fosos.

Los nuevos bárbaros llaman a nuestras puertas. Es más, ya están dentro junto a los de fabricación propia. Y da igual que hayan llegado por supervivencia o por fanatismo religioso, da igual que se trate de gente excelente que de criminales, de justos que de pecadores, pues en el caos final no habrá tiempo para matices. Y cuando llegue, nos pillará haciendo botellón.

Jesús Lainz

Hallada una “cápsula del tiempo” legada por nacionalsocialistas a sus herederos.

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Un video publicado por la cadena polaca TVN ha revelado los objetos que escondía una cápsula del tiempo hallada la semana pasada en la antigua ciudad alemana de Falkenbur y actual urbe polaca de Zlocieniec. En abril 1934, los nazis colocaron ese cilindro de metal para sus descendientes en un bloque de cemento que enterraron.

El envase, que pesaba dos kilogramos, contenía varias fotografías de Adolf Hitler y otros miembros del Partido Nazi, varias copias de su manifiesto ‘Mi lucha’, algunas cartas —una de las cuales termina con la frase ‘Heil Hitler’—, una insignia del Tercer Reich y monedas y periódicos de la época, incluida una publicación con caricaturas de judíos.

Así mismo, había una película documental con las celebraciones del 660.º aniversario de Falkenburg y varios folletos del evento.

Pese a que ya se conocía la existencia del objeto y existía documentación que precisaba su contenido, no se había encontrado hasta que se ha estudiado la cimentación de lo que fue una torre para almacenar agua, en el terreno en el que había una escuela para formar a los futuros líderes del Partido Nazi.

Los investigadores han tenido que superar varios obstáculos para alcanzar el artefacto: aguas subterráneas, una espesa capa de hormigón y hasta bombas.

Como hundir a Europa con “fuego amigo”

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Así se ha dibujado el tablero de la próxima guerra, que ha comenzado ya y que opone a las estructuras transnacionales de poder, lideradas por los Estados Unidos, contra aquellos espacios que se resisten a subordinarse al imperativo del mundo global. Ya no hablamos de naciones; estamos en el conflicto post-nacional. En cierto modo, y desde el punto de vista de la Historia de las Ideas, es la batalla final del mundo moderno: el último paso antes de constituir el viejo sueño del orden mundial cosmopolita. Probablemente no será una guerra como las anteriores: tal vez no haya una hecatombe nuclear –o quizá sí– ni un enfrentamiento abierto sobre el campo –o quizá sí-, pero las espadas están en alto y el tablero, dispuesto.
Ahora bien, este nuevo escenario debería mover a reflexión a los países aliados. Las sociedades europeas siguen viendo la OTAN como una alianza internacional al estilo clásico. Entre otras razones porque en nuestros países, democracias modernas, los ejércitos son emanación directa de la comunidad política para salvaguardar la defensa de los intereses nacionales, y sería impensable cualquier otro estatuto –por ejemplo, el de fuerza al servicio de otros intereses o al mando de otras voluntades-. Así las cosas, es necesario preguntarse si realmente los españoles, los franceses o los alemanes estamos de acuerdo con este nuevo papel que se nos ha asignado. ¿Queremos poner nuestras armas al servicio de la construcción del mundo post-nacional? Cualquier respuesta será legítima, pero solo a condición de que se nos plantee abiertamente la pregunta. De lo contrario, se estará engañando a unas sociedades que aún blasonan de decidir sobre su destino.
En buena medida, las resistencias que hoy parecen despertar en los principales países de Occidente, desde el caso Trump en los Estados Unidos hasta el fenómeno Le Pen en Francia, desde la defensa de la preferencia nacional en Hungría y Polonia hasta el Brexit británico, pueden ser leídas como una oposición embrionaria, quizás aún inconsciente, a esta pérdida de soberanía que significa la inmersión en el mundo global. Y señalan, por tanto, nuevos límites a un proceso que sin embargo se ve a sí mismo como ineluctable. No puede extrañar que

la reunión de servicios de información europeos de mayo pasado –así lo ha contado el jefe de la inteligencia francesa, Patrick Calvar– haya señalado a la “extrema derecha” como enemigo con el mismo rango que el islamismo.

No es ceguera: es que, en efecto, el soberanismo de las naciones europeas puede dar al traste con el gran diseño. La pregunta, evidentemente, es:

¿Qué está pasando para que los gobiernos europeos señalen como enemigo a parte de su propia población?.

El discurso de la globalización intenta tenazmente persuadirnos de que el nacionalismo es un vector de guerra y de que sólo en la “superación” de las barreras nacionales se halla la paz. No hace mucho que el director para Europa de la banca Goldman Sachs, Peter Sutherland, abogaba abiertamente por “borrar la homogeneidad nacional en los países europeos”; es la misma banca que acogía después en su seno a Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea durante los diez decisivos años que van desde 2004 hasta 2014. Una vez más, todo tiene que ver con todo. Pero quién sabe: quizá sea exactamente al revés; quizá un mundo multipolar, conflictivo, sí, pero por ello mismo sujeto a la inevitable interacción de voluntades opuestas, sea más seguro que ese paisaje de batalla final que ya se está dibujando. En el plano de la Historia de las Ideas, la batalla final de la modernidad.

JOSÉ JAVIER ESPARZA
Título original: ¿Y la soberanía nacional?

¡Arre, borreguitos!

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El pasado lunes escribía Gabriel Albiac en ABC una columna en la que recordaba, citando a Séneca, que la muchedumbre se equivoca siempre, siempre, por lo que basta con oír sus rebuznos para llegar a la conclusión de que todo lo que en ellos se proclama es un dislate. El autor lo decía a cuento de las manifestaciones en las que un millón de borregos pedía a balido pelado que Cataluña perdiese la triple eñe de su topónimo, de su madre patria y del gentilicio que durante muchas centurias nos unió a todos.

“Estólida, la muchedumbre avanza”, escribía Albiac. ¡Y tan estólida, apunto yo, aunque el pedagógico improperio caerá en saco roto, pues no es verosímil que haya entre los miembros de esa manada lanar muchas cabezas de ganado capaces de comprender su significación!

En 1639, aquel gran libertino político que fue Naudé, cuyo nombre de pila era el mismo de Albiac y al que también citaba éste en su columna, escribió una obra determinante para que la semilla del concepto de libertad echara raíces en el huerto volteriano del ejercicio de la res pública. En ella, titulada Consideraciones políticas sobre los golpes de Estado, se leía: “Todo lo que la plebe piensa no es sino vanidad, todo lo que dice es falso y absurdo, todo lo que desaprueba es bueno, y malo lo que aprueba, infame lo que alaba, y todo cuanto hace y emprende no es más que locura”. ¿Cabe mejor definición del quijotesco espectáculo que una cáfila de catalanes arreados por rabadanes y ganapanes con el riñón cubierto por el dinero que sus jefes roban al erario público ofrecieron el 11 de septiembre en varias ciudades de lo que otrora fuese nobilísima Cataluña?

Quijotesco, digo, porque veían ejércitos y miramamolines donde sólo había ovejas y pastores.

Naudé seguía los pasos de lo que ya había escrito el pensador político más influyente de la historia universal: Maquiavelo. Siglo y medio después estalló la Revolución Francesa, que al comienzo lo fue de libertad, secuestrada enseguida por la plebe, y en 1929 publicó OrtegaLa rebelión de las masas, que en 1957 completaría, a título póstumo, con El hombre y la gente.

He aquí una somera bibliografía de la incompatibilidad existente entre la democracia por sufragio universal -tan opuesta a la que imperó en Atenas- y el imperio de la libertad. Ya sólo falta que alguien escriba La rebelión de la chusma. En ella estamos.

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ

El timo perfecto.

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Se puede poner una nota algo más alta o algo más baja a los partidos según la afinidad de cada uno, pero hay una conclusión ineludible… Todo ha sido un timo.

Me he encontrado con estos gráficos y me han llamado la atención. Tras comprobar en google que las cifras coinciden con lo que dicen otros, los doy por válidos.

Durante los primeros cuatro años de cada mandato, se puede admitir que la tendencia (buena o mala) es heredada del anterior gobierno. Pero a partir de ahí, la tendencia (buena o mala) es responsabilidad de quien está en el poder.

Los gobiernos del PP tienen mejores cifras en conjunto, principalmente por el gobierno de Aznar.

Pero hay otra lectura, ineludible: la cifra de partida de la serie.

Ni transición, ni democracia, ni privatización de empresas antes estatales, ni Euro, ni Globalización, han mejorado unas cifras que hoy consideraríamos idílicas. Es más, ha sido radicalmente lo contrario.

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